Diálogos; Asesinos de Hemingway 2006
ÉSTE ES EL DIÁLOGO GANADOR DEL CONCURSO "DIÁLOGOS; ASESINOS DE HEMINGWAY", EXTRAÍDO DE UNA DE MIS NOVELAS:
Demetrio movió la mandíbula con dificultad, sintiéndose la lengua áspera, como de estropajo. Detectó el hedor de su propio aliento cuando empezó a articular palabras que iban más lentas en su boca que en su mente.
—¿Para... qué la cámara? —señaló con la mirada la videocámara sin pantalla que había visto colocar sobre el banco de trabajo. Apretó los dientes tratando de dejar de temblequear.
—¿Tú al grano, eh? Eso está bien... Bueno... —Miguel se sentó en el taburete con el que había agredido a su hermano—. Pues olvídate de la cámara y dime, ¿qjé vamos ja cer? —Otra inoportuna imitación.
¡Bien!, ¡ahora me toma en cuenta!
—Yo... no quiero que te pase nada —declaró Demetrio—. Sabes que no quiero que te pase nada... Y sabes que me la jugué por ti con lo de tu novia. Sabes que lo hice para protegerte, que te cambié de casa para protegerte. Creo que papá te hubiera dicho algo al respecto. ¡Atropellar a tu hermano!
Me merezco un premio. Me duele la cabeza, me duele todo el cuerpo, y creo que estoy brillante... ¡Olvidaos de mí, tenazas!
—Bueno, perdóname... —alcanzó a disculparse Miguel tras una larga pausa en la que se oía a Alicia respirar con fuerza; más incluso que las gotas de lluvia golpeando el techo, amplificadas en el interior del garaje—. Pero tenía miedo...
—Pero tampoco quiero que le hagas daño a esa chica.
—Yo tampoco —suspiró Miguel, mirando de reojo los dedos que se movían sobre los brazos de la mecedora—, pero ¿qué puedo hacer? Ella no me quiere. Ella solo es un pájaro que quiere volar y alejarse de mí. Ella solo es un pájaro...
—Pues no se lo hagas. Te ayudaré, Miguel, te ayudaré si me dejas tomar el mando de nuevo.
Félix apareció frotándose los ojos. Dijo algo que ni Miguel entendió y se apoyó sobre la barandilla, mientras contemplaba con ojos soñolientos la escena.
—Te ayudaré a esconder los cuerpos, pero esta chica está viva, y viva seguirá, ¿me entiendes?
Obtuvo una silenciosa mirada por respuesta. La boca le quedó abierta por un instante, con los mofletes acentuados y fláccidos, y Demetrio le encontró más que nunca el parecido con Félix.
—Miguel —continuó—, podemos dejarla en esta casa, encerrada. Podemos sellar la puerta y las ventanas. Nadie diría nada. Esta casa es pasto de los ladrones. O también podemos construir un sótano... Eso es pan comido, ¿oyes? Y ella puede ser tu pareja. Podrías cuidarla bien, ella se acostumbraría, porque no podría salir, y no habría problema, ya no habría más problema para ti.
La aludida se aferró con fuerza a los brazos de la mecedora, intentó mover los pies, pero cesó, ya que eso le producía balanceo, y le fastidiaba balancearse. Le evocaba a una niña feliz en casa de su abuelita, o ella misma convertida en abuelita atada a la misma mecedora desde la época de su marchita juventud. Miró con odio a los dos hermanos para los cuales no era otra cosa que una mascota a la que había que castrar para que no se escapara de casa. Entonces, por una curiosa reacción psicológica, se preguntó si no sería mejor morir bajo el filo del hacha. Más rápido y eficaz que torturarla hasta el fin de sus días en aquella casa.
Torturarla con un amor que no existía.
Enjaularla como a un llamativo periquito.
Sin embargo, por un momento, logró respirar con mayor facilidad, y la orina no resultaba tan difícil de retener.
Miguel se secó las palmas de las manos en las perneras, y hundió la cabeza entre ellas y sus brazos.
—Yo me preguntaba... —empezó a decir—. De pequeño me preguntaba por qué papá dejó de cazar un buen día. Una vez me dijo que le relajaba y que le ayudaba a ponerse en alerta. A mí me encantaba acompañarle, pero un día paró. Si te preocupaba mucho lo de los gorriones, deberías saber que dejé de hacerlo hace tiempo. Supongo que hay cosas que deben de tener un significado, un porqué que explica eso y muchas otras cosas, y te encuentras haciéndolo y preguntándote, haciéndolo y preguntándote... Hasta que descubres que no hay una respuesta válida, y entonces dejas de hacerlo porque te has cansado de seguir preguntándote.
Demetrio se pasó la lengua por los labios, miró con tristeza la calvicie de su hermano y escuchó en silencio, esforzándose por captar alguna idea que pudiera utilizar para reforzar su persuasión.
—Si he grabado todo esto en video ha sido para preguntarme lo mismo una y otra vez, para no tener que repetirlo por mucho que me pusiera la primera vez. No los maté porque sí, ¿sabes? No lo hice, fue un accidente, pero no quiero que se repitan más accidentes de esos. Venía dispuesto a matar a esa chica, grabarlo y terminar de cazar. Dejar la búsqueda sin haber cumplido la promesa de mamá. También se lo debo a Félix, y esto tenía que acabar alguna vez.
—Ya no necesitas matarla —se atrevió a atajar Demetrio—. A tu modo, pero puedes tratarla bien, ¿no es cierto? ¿Era esa la promesa? Pues puedes hacerlo, puedes dejar de cazar como papá y amarla como mamá se merecía. Ella no se marchó nunca de casa. Ella tampoco lo hará, pero tú puedes tratarla mejor, ¿no te parece? Miguel, quítame el hilo...
Miguel levantó la mirada. Observó los pies atados de su hermano agitándose, los calcetines negros frotándose entre ellos. Se fijó en el brillo de sus ojos, un ligero esbozo de sonrisa que se apagó al saberse observado. Lo recordó tratando de liberar a Alicia. Lo recordó insultándole...
Lo vio temblar.
(¡Ha intentado llevársela!)
Demetrio se pasó de nuevo la lengua por los labios, mirando los ojos y las manos de Miguel que, a su vez, giró la cabeza para encontrarse con los ojos de Alicia. Recordó Miguel a la chica ofreciéndole sexo y amor, prometiéndole con la mirada que sería una buena chica y se dejaría las rabietas, las rabietas que acababan en accidentes.
(¡Y se iba con él! ¡Ambos se largaban! ¡Ambos te robaban!)
A Miguel le vinieron imágenes de su niñez. Nunca había tenido verdaderos motivos para desconfiar de su hermano, aunque había aprendido a dudar de la intención de esa mirada que sopesaba.
El cubierto del diablo.
—Demetrio...
El aludido asintió y escuchó.
—¿Recuerdas el cubierto del diablo?
—¿Cómo?
—El cubierto del diablo, mi tirachinas, ¿te acuerdas de él?
—Sí... claro..., pero ¿a qué viene eso?
Miguel trazó un dibujo con el dedo en la pernera de su pantalón mientras sorbía por la nariz.
—Era el tirachinas que el hombre me hizo, y tú me lo cambiaste...
—Sí... bueno, ¿y qué?
—Que me engañaste.
—¿Cómo? —profirió Demetrio con un graznido. Carraspeó.
—Me diste el tuyo... Me engañaste.
—Miguel, eras un crío. Yo ni siquiera quería el tirachinas.
—Me engañaste. Y creo que volverías a hacerlo.
—Miguel, esto no tiene nada que ver con las cosas de críos. Estamos hablando de esa chica, y de lo...
—¡Calla! —espetó—. No necesito que me convenzas, necesito convencerme yo.
—Pero, Miguel...
—¡CALLA!
Y Demetrio calló, mirando cómo su hermano agarraba la cámara, una cámara que él mismo había roto. Una de esas acciones triviales que se creen justificadas por el momento de enfado u ofuscación, pero que más tarde se revelan como inoportunas meteduras de pata. Demetrio se esforzó en recordar qué tan terriblemente se portó con su hermano cuando eran niños, pero no logró evocar nada, tan solo algunas bromas livianas. Él siempre había querido a su hermano. El problema vino cuando empezó a dejarlo de lado; cuando empezó a ejercer el papel de tío y después el de padre ausente.
No las tenía todas consigo. Era incapaz de dirigirle una de sus miradas falsamente benévolas. No cuando lo que estaba en juego era la vida y la libertad. No cuando ya no estaba tratando con un niño, aunque en algunos aspectos lo siguiera siendo. Y no cuando estaba demasiado agotado como para mantener la compostura, para dejar de frotarse los tobillos.
Y con la ilusión del falso bote de cerveza de allá.
No sería capaz por demasiado tiempo de mirar a su hermano, de reconocer en él a otro que no fuera ese que ya escondía personas en lugar de pájaros. Su hermano pequeño (su único y verdadero hermano pequeño), torpe y lento preparándose para chutar el balón, o su hermano torpe y lento con el hacha...
... Si lograba mirarle una vez más a la cara sin que se delataran sus deseos de golpearle con la correa de papá hasta que sangrara... Si lo lograba...
Pero... ¿Haría que no pudiese venir más a la casa de campo a terminar sus trabajos?
¿Traicionaría a su hermano?
(Ya lo has hecho...)
¿Y a esa chica?
(¿Y tu propia vida?)
Se sentía tan indefenso...
Creyó comenzar a sentir las arrugas, las verdaderas arrugas en su piel como tajos de realidad, tajos que sangraban si uno se movía demasiado.
Y qué te vas a llevar a la tumba, ¿a tu familia? ¿Todos reunidos ante la mesa? ¿Ante una cena de Nochebuena con tropezones humanos?
—Miguel... Te he roto la videocámara...
Ante el silencio de su hermano, Demetrio insistió, frotándose los tobillos entre sí:
—Te he roto la cámara...
Su hermano sonrió agriamente.
—Es una pena... —comentó Miguel.
Demetrio movió la boca, repitiendo sin sonido alguno la misma frase: “Te he roto la cámara...”.
—... Es una pena, porque no voy a poder conservar esto.
Alicia no habría dicho nada aunque hubiera podido. No decidía, tan solo existía para contemplar la realidad a la que no parecía pertenecer. Quizá también existía en la de los otros como una posibilidad, como una antigüedad que había de acabar en el trastero de los recuerdos, puesta a la venta o finalmente destruida como un trasto inservible. ¿No parecía ser eso? Un trasto inservible y llorón, un trasto que ensuciaba la casa con su húmedo lastre.
—No puedo devolverte el tirachinas... Sabes que lo perdí.
—Pero sí puedes demostrarme tu lealtad. Y ella también tendrá que demostrarla...
Miguel dejó la cámara sobre el suelo, se levantó y avanzó hacia la chica. Esta, en lugar de removerse, puso rígido el cuello y la espalda, y cerró los ojos.
La mordaza cayó dejando al descubierto unos labios agrietados y sanguinolentos que solo dejaban escapar débiles jadeos.
—No le hagas nada..., Miguel... —suplicó Demetrio, aunque no les miraba a ellos, como si la súplica fuera dirigida a sí mismo.
—No... No voy a haceros nada —dijo mientras se agachaba parsimoniosamente para inspeccionar el nudo—. En absoluto... Pero tú vas a hacer algo con ella.
Miguel se levantaba de nuevo, resoplando, apoyándose en sus rodillas y en la mecedora, que dejó a Alicia boquiabierta y balanceándose.
Demetrio profirió un mudo “¿Qué?”.
—Vas a follártela. ¿Te gusta la palabra? ¿O a ti te gusta más decir tratártela, no? Pues vas a hacerlo, y yo lo veré, y hasta que no lo hagas...
—¿Qué? —logró decir.
Miguel le dirigió una leve sonrisa mientras se dirigía de nuevo al banco de trabajo. Demetrio le siguió con la mirada hasta un lapicero apoyado sobre lo que parecía una base incompleta de un armario. Miguel sacó de allí unas tijeras y se dirigió a las escaleras.
—¡Venga, Félix! ¡Vas a ver algo divertido! ¡Coge algunos cojines y tu martillo, y siéntate! ¡Vas a ver algo divertido, como en la tele! ¿Te gusta la tele por las noches, cuando es muy de noche, verdad? SE-EK-SOO, Félix, SE-EK-SOO.
Los pasos de Miguel se apagaron bajo los gorjeos de Félix, que golpeó la baranda tres veces con su martillo, retumbando.
© Javier Vivancos
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