Las ratas te harán compañía

            No tenía por qué resultarle extraño lo que estaba haciendo.
            Pero a Soledad sí que se lo parecía. Que su novio estuviera metiendo la mano en el enrejado del ventano y deslizando el cerrojo a intempestivas horas de la madrugada no era algo que una hiciese cada vez que volvía de un concierto, sobre todo si el cerrojo en cuestión era de otra persona.
            Él, cuando habían dejado atrás la sala de conciertos, se había empeñado en convencerla de que era una buena idea. Su abuelo, cuya puerta ya estaba abierta y sin necesidad de llave, estaría encantado de alterar su anciano sueño y guarecerles de la lluvia. Pero a ella no había terminado de convencerle el plan. Y no tanto porque tras escuchar a los Dirty Princess le apeteciera sexo que no estaba dispuesta a tener en la casa del abuelo de su novio, sino que, además, conforme habían recorrido las irregulares y deshabitadas calles, se habían ido disolviendo las sensuales sensaciones musicales y la vitalidad de la diversión nocturna, instaurándose en su lugar una inquietud que iba más a tono con la incipiente tormenta y con los contornos ajados de ese bloque de cuatro viviendas.
            Su novio le hizo un gesto para que guardara silencio, y ella, por supuesto, lo guardó. ¿Qué otra cosa iba a hacer? Estaba en un vestíbulo muy amplio, la luz de la escalera acababa de apagarse, y solo tenía la fría mano de su novio para proporcionarle seguridad. Un latigazo eléctrico seguido de un estruendo mostró durante un segundo la pose encorvada de su chico, quien la guiaba con una delicadeza en contraste con la rudeza con la que oprimía sus dedos.
            Sus pasos no eran nada en comparación con los goterones repiqueteando en los aleros y en las ventanas. Eso debía tranquilizarla, al menos así no despertarían al abuelo, aunque todavía tenía sus dudas; ¿quién más vivía en este edificio que parecía temblar cuando pisaban sobre sus desniveladas baldosas? Para un anciano acostumbrado a la soledad, y en plena ausencia de vida callejera, cualquier sonido fuera de lo común debía ser como un redoble de tambores. Quizá la falta de riego sanguíneo a su mano estaba afectando también a su cerebro, pero le entraba pánico solo de imaginar encontrarse el alargado y adusto rostro del anciano al cruzar el umbral de la siguiente puerta.
            No ocurrió así, aunque la impresión no fue tranquilizadora, ni mucho menos. Al fondo había un balcón, pero el aparato eléctrico y la tenue luz de fuera no eran suficientes para mitigar la penumbra que impedía considerar a los muebles como muebles y no como cualquier otra cosa. Notó el aire caliente entre sus labios sin llegar a emitir sonido alguno. Tampoco quería seguir avanzando entre lo que parecía una mesa y algo a su derecha, que bien podía ser una estantería o incluso un televisor sobre una mesa portátil. Su novio tenía muy claro dónde iba, pero ella quería ver las cosas, asegurarse de que no había ningún anciano de dientes podridos tumbado en el sofá, un sofá por el que podría rozar la falda de su vestido hasta sentir un frío paralizante en las pantorrillas —esas cosas siempre pasaban en la oscuridad—.
            La mano de su novio estaba un poco más húmeda, y de pronto se vio libre de su presa, aunque eso no la consoló. Ahora se sentía perdida frente al balcón y las sombras con formas robustas que lo rodeaban. Temía desorientarse, por lo que no se movió del sitio. Miró la espalda de su novio. Alzó una mano y la acercó para asegurarse de que la veía y de que era suya.
            —Es esta habitación; mi abuelo duerme en la otra —susurró el chico.
            Nunca antes el susurro de su novio en el oído le había resultado tan desagradable. Estaba tan pendiente de su cazadora —que, paradójicamente, siendo negra se veía como azulada— que no se había dado cuenta de que se había girado para hablarle. Ella estaba segura de no haberse movido del sitio, aunque ahora dio un paso lateral y pensó que el suelo cedería bajo sus pies. Se agarró a la mano nuevamente fría y seca que la sujetó y la guió hacia lo que debía de ser la izquierda.
            —Cuidado con el carrillón —susurró de nuevo. Soledad sintió cierta calidez en su cuello, pero sabía que no podía ser de su chico. Él iba delante.
            Sofocó un grito con la mano cuando sus pantorrillas acariciaron ese algo frío. En realidad, se trataba del forro de un sillón, aunque tenía una protuberancia aún más fría, como la cabeza de una chincheta enorme.
            Su novio la volvió a soltar. Ella agitó las manos en el aire y ahogó su nombre al llamarlo. De haber tenido aliento, de no estar continuamente pendiente de no despertar a saber a quién, le habría agarrado de su estúpida coleta y le habría gritado que encendiera la maldita luz de una vez.
            La sensación de irrealidad se hizo más presente cuando él presionó un interruptor, generando una enfermiza luz amarilla que se extendía poco más allá del umbral de una pequeña puerta que parecía de armario empotrado. Su imaginación dejó de funcionar cuando ante ella se mostraron el impresionante y silencioso reloj, el mueble que había osado rozarla y un feo empapelado que se extendía desde el zócalo de varillas hasta un techo alto y abultado. Miró a su espalda antes de que su novio la atrajera al interior de la habitación, pero no tuvo tiempo de asegurarse de que la puerta que había en el otro extremo del salón estuviera cerrada.
            El chico le pasó la mano por encima del hombro, lo que le produjo un nuevo estremecimiento para nada sensual. Se hizo a un lado para que él pudiera cerrar la puerta, que quedó como mal encajada en la pared. Tenía un pestillo que no llegó a echar, aunque se quedó mirándolo un instante. Soledad se alegró de que no lo hiciera, porque estaba a punto de apartarlo de un empujón y largarse de allí, aunque acabara estrellándose contra cualquier silla de ángulos pronunciados.
            La habitación era espantosa para casi todos los sentidos (para todos, se atrevería a decir). Era enorme, y la única bombilla encendida de la esperpéntica lámpara no llegaba a abarcar el contenido de una sala anexa con una cristalera abierta. Una no menos enorme cama de matrimonio dominaba, con una colcha azul y deslustrada, el fondo norte de la estancia. La rodeaban muebles a modo de cómodas pegados al empapelado, sin ir a juego con el marco blanco de la puerta de un nuevo balcón con la cortina echada.
            Su novio miró hacia la izquierda, allá donde el borde del armario ropero le impedía ver a ella, momento en el cual la luz titiló hasta apagarse. Como a destiempo, un nuevo trueno retumbó con tal intensidad que pareció emerger del corazón mismo del edificio. Esta vez no logró contenerse. De su boca emergió un grito que quiso ser un taco. La mano de su novio la agarró con inesperada fiereza.
            —Ssssh... Ven, en los cajones había una linterna con la que jugaba yo de pequeño.
            Ella ya había perdido la noción de dónde estaba realmente esa puerta hundida en la pared. Obedeció a su novio con tal de que le soltara la sangría del brazo. Algo crujió bajo sus tacones. Apretó los dientes y se contuvo de preguntar estupideces. Ahora todo le parecían inoportunas estupideces, y lo peor era que, por el hecho de parecérselo, no se sentía con ánimo de montarle una escena al imbécil que tenía por novio. Una de las cosas que no deseaba en estos momentos era quedarse sola, y él acostumbraba a dejarla sola cuando se enfadaba.
            Se inclinó un poco para acompañar a su novio, el cual se agachaba. Escuchó unas manos palpar la madera y luego abrir un cajón renqueante. Olía mal, pero no era el cajón, era la habitación. Para colmo, empezaba a notar un inoportuno frío. Todo resultaba inoportuno cuando una tenía miedo. Los goterones no cesaban de tronar amenazando con desplomar el viejo edificio, y el temblor que había ido acompañando cada uno de sus pasos en nada contribuía a una ansiada sensación de seguridad.
            —Me encantaba registrarle estos cajones. Aquí guardaba jabones y barras de caramelo con forma de capirote, y a veces hasta cajitas con muñecos del vecino. —La voz de su chico no se escuchaba ya tan interesada por guardar silencio—. ¿Cuánto tiempo hace que ese ya no vive aquí...? —añadió para sí.
            —¿E... encuentras la linterna? —titubeó ella. Su voz sí que parecía temerosa de despertar, a cualquier cosa que pudiera despertarse. Fue ahora más consciente de la corriente de aire que acariciaba sus tobillos.
            Su novio se movió para buscar en el cajón del mueble adyacente. Su espalda chocó con las rodillas flexionadas de Soledad, que emitió un gemido al perder el equilibrio. Cayó de costado sobre el borde de la cama.
            Iba a protestar, pero anticipó una réplica de su novio en la que ella era la torpe por pegarse tanto a su espalda. Además, apoyada en el mullido colchón, varios chirridos llamaron su atención.
            Estaba convencida de que una o varias de las puertas del armario, que ahora era poco más que una sombra enorme y densa a su derecha, se habían abierto; eso había sonado como las bisagrillas de un armario. Pero había algo más. Algo que se movía por el suelo arañándolo, algo que rozaba la madera de la sala anexa. La imagen se formó en su cabeza antes de empezar a escuchar unos chillidos que habría dicho de murciélagos, porque provenían de arriba.
            El rostro desencajado de su novio puso nombre al terror. El estampido del trueno hizo, o así se le antojó a ella, temblar la cama. Solo un instante de oscura claridad filtrada a través de las estrechas tramas de la cortina para distinguir, una vez más, la amarillenta amplitud de una habitación a la que le rugían las entrañas.
            —¡Abuelo! —gimió su novio, casi sin voz. Jamás lo había escuchado tan cerca del llanto.
            Ella, que instintivamente había subido las piernas sobre la cama, siguió viendo en su mente la cara arrugada de su novio mirando bajo la cama, con esos labios casi morados y ese cuello oscuro de la cazadora. El tacto de la colcha era áspero y más caliente de lo que esperaba, o quizá era que había empezado a sudar. Su novio había chocado contra uno de los muebles, pero sus gemidos no eran demasiado audibles bajo la terrible certeza de la presencia de pequeños animales.
            ¡RATAS!, chilló en su cabeza mientras su boca permanecía abierta tratando de coger el aire que su nariz no quería. Giró sobre su propio cuerpo y alzó el cuello para distinguir algo. Agitó las piernas convulsamente cuando creyó notar algo tocándole la pantorrilla.
            —¡Abuelo! No... Dios, no... No me atreví a llamar, no...
            Ella quiso dirigirse a su novio con un grito, pero solo sonó un graznido. Creyó verlo moverse hacia la puerta, por lo que extendió la mano para sentir otra vez su presa. Como nadie la aferraba, obligó a su ahora tembloroso cuerpo a moverse de forma coordinada para bajar de la cama en vertical y correr tras el chico. La mullida superficie se removió bajo ella, la amenazó entre ásperas y ajenas caricias con tirarla al suelo. Sus tacones los sintió torcidos, y supo que si ponía un pie sobre el suelo acabaría pisando algo que la haría caer.
            Lo hizo, pero no le dio mucho tiempo a pisar nada. Su novio tenía algo en una de las manos. Lo supo porque se le clavó un poco bajo el pecho cuando chocó con él. Notó el codo extraviado del joven golpeándola azarosamente, el mismo joven que una vez le había regalado una esclava con sus nombres grabados, hasta hacerla caer de nuevo sobre el colchón.
            Una de sus piernas quedó suspendida en el borde. Algo como un cepillo húmedo acarició su tobillo, y entonces tuvo la certeza de que, ratas o no, no quería sentir su contacto.
            Removió la colcha al pedalear para quedar resguardada sobre ella. La puerta hundida se abrió, y una sutil diferencia en la penumbra le avisó de que su chico la estaba abandonando entre retahílas lastimeras. Eso ya no era lo peor. Algo crujió encima de su cabeza, y otro algo, un conjunto de“algos”, pasó junto a la manga de su camiseta. Aguantó la respiración, temblando bajo su fina ropa, removiéndose para evitar el contacto con todo, arrugando la boca para que no entrara demasiado de ese aire viciado.
            Pataleó y se encogió hasta deslizarse del otro lado, donde esperaba no sentir nada alrededor de sus brazos. La cadera se resintió al golpearse contra el suelo. Gritó, aunque no por el dolor, sino porque bajo sus omóplatos, bajo sus tacones, bajo sus anillos de plata... había algo hirsuto que se movía, que chillaba atronador en sus oídos.
            Le dolía la garganta, pero al fin pudo aflorar toda la angustia y el pánico contenidos. Se retorció, desquiciada, entre superficies sucias y peludas. Se golpeó la rodilla con algo, pero obvió el agudo dolor cuando palpó otra cosa que creyó bajo la cama, algo sólido y romo que estaba casi segura de no haber tocado nunca en su vida. Trató de ponerse en pie, pero el daño era mayor de lo que había supuesto; eso, y el insoportable cosquilleo chillón que la obligó a caer hacia atrás, contraída por temor al tacto de la oscuridad.
            Creía tener una idea de la extensión de la sala, y creía que chocaría contra la cristalera, pero en su lugar se raspó con el marco de una puerta amplia, la de la sala anexa, cuyo contenido no había llegado a ver; qué poco importaba eso. La caída se le antojó un obsceno abandono sobre un manto de vida evocadora de enfermedad y repugnancia; temido, pero también deseado, porque al caer podría comprobar cuán justificada estaba la opresión que sentía agudizarse en su pecho.
            Desatados gritos irracionales poblaron su mente cuando las pequeñas bocas y extremidades danzaron sobre un cuerpo que ya no sabía dónde moverse. El manto de oscuridad y ojillos se encargó de que no siguiera sintiéndose sola.

           En esta casa, las ratas se encargan de hacerte compañía.

© Javier Vivancos