La naturaleza es cruel

            Emilio saca el brazo y la cabeza por la ventanilla, tomando una bocanada del aire limpio y fragante del monte. Va a gritarle a su novia, y de hecho lo hace:
            —¡Flor! ¡Flower power! ¿Te has colado en algún matorral?
            Pero modera mucho el tono, porque se ha percatado, precisamente ahora que se marchan, de lo agradable que puede resultar el campo. Con todo, Emilio tiene prisa por abandonar el claro; es junio, pleno mediodía, y el sol de Moratalla se agarra con saña al todoterreno. Y Flora, la novia de Emilio, se toma su tiempo.
            —Flor, nena, ¿tanto tiempo para mear?
            Flora, Flor para algunos amigos y para Emilio, sale de entre los árboles ajustándose el último botón de los vaqueros, pisando la pinaza a ritmo tranquilo.
            —¿Qué prisa tienes? —dice ella, mirando a su novio con una sonrisilla.
            —Joder, qué prisa tengo... Pues que acabo de arrancar el coche y no hay manera de enfriarlo con el aire acondicionado, y aquí, por si no te has dado cuenta, pega el sol que no veas.
            —Ya, pero ¿quién escogió el claro para aparcar?
            —Ahí me has pillado, nena.
            Emilio sonríe, alargando el brazo para agarrar la camiseta ajustada de su novia cuando está cerca del voluminoso vehículo. Flora sabe utilizar el tono y las palabras adecuadas para aplacar el mal humor o la impaciencia de Emilio, y al chico le encanta cómo lo hace. Por eso mismo le da un beso cuando la aproxima hacia sí.
            Y también por eso aguanta un poco más con el motor encendido mientras su novia echa unas últimas fotos al paisaje.
            —Ya podemos largarnos —dice ella, subiéndose al coche.
            —Nos hemos dejado la basura y los plásticos allí —dice él, señalando los matorrales.
            —Da igual, venga, vámonos, que el coche está que arde.
            —A sus órdenes, señorita, pero como provoquemos un incendio, la culpa será tuya.
            —La basura no prende, eso es un mito. Además, si se prende fuego a algo, cojo la manguera y ya está —dice ella, agarrándole la entrepierna a Emilio.
            —Vale —ríe él.
            —Además, el que fuma y tira colillas eres tú.
            —Yo no he tirado ninguna colilla.
            —¿Seguro?
            Emilio conduce el todoterreno fuera del claro por una trocha, para retomar luego un sendero descendente. Mira de reojo la sonrisa de su novia, su ceja arqueada, su exquisito cuello ladeado; la típica sonrisilla de Flora, a punto de demostrar que siempre tiene razón, pero con suavidad, con tacto. Él nunca se siente ofendido porque su novia le lleve la contraria, aunque esta vez juraría que no ha tirado ninguna colilla.
            —Bueno, si da igual —conviene él—, no me voy a dar la vuelta por el barranco para comprobarlo, y tampoco voy a recoger la basura que tú, guarrilla —pellizcándole un muslo—, has tirado.
            —¡Oye! —exclama ella, simulando estar escandalizada.

 

            Emilio conduce su vehículo, un híbrido entre todoterreno y monovolumen, por un camino pedregoso, entre carrascales y enebros muy vistosos. Silba ocasionalmente, cuando la percusión de la música de discoteca que están escuchando varía para ofrecer un retazo melódico y acelerado. Emilio apura su cigarro con placidez. No es muy actual el disco que está escuchando, más bien un recuerdo de su época gloriosa y asidua a la Central. Ahora, entrado en los treinta, solo le queda bajar el volumen, dejar que la melodía se filtre en sus oídos y acomode rítmicamente sus nervios a la tranquilidad del campo. Flora, por su parte, contempla el paisaje con aire soñador, apoyada su cabeza en la ventanilla. Pronto, el camino desemboca, paralelo al río y al pie de un gran cortado, en una carretera mal asfaltada que deja a cada vez más altura un viejo caserío sumergido entre vegetación pinchosa y rocas sueltas.
            —¿Has visto ese árbol de corteza roja? —dice Flora, dándose la vuelta, señalando más allá de una de las ventanillas posteriores del vehículo.
            Emilio resopla, mira a intervalos por el retrovisor, atisbando el paisaje más elevado a su izquierda. Su novia apenas si ha prestado atención a las saltarinas cabras montesas ni a los variopintos halcones de la zona, y ahora va y...
            —No sé lo que dices... ¡Ah, sí!, ese árbol de allí.
            Flora se queda mirando la torcida silueta del árbol, recortada sobre un horizonte dominado por el caserío en ruinas. Más al fondo, el suave perfil a contraluz de los montes y collados, salpicados de una vegetación a la que no parece pertenecer ese árbol; sus ramas grisáceas, rocosas, torcidas como en movimiento gimnástico y recubiertas de hojas de un verde muy intenso, asomadas tras el caserío, dominando el paisaje sobre la deteriorada y desvaída piedra que le sirve de mirador, o tal vez de ineficaz escondrijo para su tronco. Un tronco cuyo color rojizo oscila en intensidad (espejismo tal vez) a lo largo del mismo, como si fuera transparente y un líquido (sangre) se bombease con fuerza por sus vasos.
            —Te va a dar una tortícolis, nena —dice Emilio, fijando su atención ahora en la irregular carretera.
            La curva que toma el vehículo disimula la figura del árbol con la ayuda de la vestidura de una loma que se superpone al fondo formado por el caserío elevado. A pesar de todo, Flora no deja de mirar en la dirección donde estaba el árbol.
            —Era un alcornoque. La corteza estaba descorchada, y por eso se veía rojiza... —explica Emilio.
            —¿Y es típico de esta zona?
            —Pues eso no lo sé —dice Emilio, depositando con esmero su colilla en el cenicero de su portezuela—. Eso sí que no lo sé...
            A pocos kilómetros a la derecha, se distingue una puebla y la figura protuberante a un lado de la carretera del hostal al que se dirigen.

 

            La comida no ha estado nada mal, piensa Emilio, recostado en la cama de una de las habitaciones del hostal. El mando del pequeño televisor pasa de su incipiente barriga a la mano en un ejercicio perezoso de zapping. Flora sigue en el aseo. Algo debe de haberle sentado mal, aunque la comida, vuelve a pensar, no ha estado nada mal. Se habían traído de la ciudad unos bocadillos para reducir al mínimo los gastos de esta excursión, pero al final habían decidido probar la comida del hostal; una buena pitanza a base de huevos, beicon y salchichas con alubias.
            Durante la comida, Flora había estado algo ausente. Ni siquiera se había percatado de que Emilio no paraba de mirar a la camarera, hija del propietario del hostal. Ahora, pasando uno a uno los aburridos canales, se encuentra demasiado cansado como para seguir dándole vueltas al asunto; algo le habrá sentado mal, seguro...
            Flora sale del cuarto de aseo con un botellín de agua.
            —¿Te ha entrado diarrea, Flor?
            —No es eso —dice ella, acomodándose en la cama—, es que... Bueno, ¿qué estás viendo?
            —Nada. Ahora mismo, mi dedo zapeador se ha detenido en este documental.
            —Qué divertido —bosteza ella—. Lo que me hacía falta para echar bien la siesta.
            Y en efecto, es Flora la primera en caer en los dulces brazos de la siesta, una costumbre que comparte siempre de muy buen grado con su novio, quien, pese a todo, aguanta un poco más con los ojos abiertos en dirección al televisor, quizá porque le habría gustado un poco de sexo antes de echar la cabezadita.
            Los ojos de Emilio se cierran también poco después, perdidos en las imágenes de un grupo de hienas manchadas que, pese a su fama de carroñeras, dan caza y posterior buena cuenta de un ñu.
            La naturaleza es cruel, piensa Emilio antes de dormirse con el mando sobre la barriga.

 

            Unos ruidos despiertan a Emilio. El mando del televisor cae al suelo cuando se incorpora de la cama. El televisor está apagado, pese a que se durmió con éste encendido. Y Flora no está en la cama.
            La siesta ha desorganizado bastante sus pensamientos. La contundente melodía de discoteca resuena en su cabeza, intentando poner orden a base de simulacro de baile frenético y acompasado. Suenan muchas voces agitadas abajo, en la primera planta, congregadas en alguna parte, tal vez en la puerta de la calle. Flora no está con él. Seguramente, se ha levantado antes y ha ido al aseo, típico en ella. Pero lo que más ha inquietado a Emilio en el instante de levantarse ha sido la poca claridad que llega ahora de la ventana. Han debido de dormir más de la cuenta.
            —¿Flor?
            Con esta llamada, sus pensamientos se ordenan un tanto. ¿Qué pasará allá abajo? ¿Se está quemando algo?
            —Flor, nena, ¿otra vez te estás cagando? —dice riéndose, cada vez más consciente de sus propios pies descalzos avanzando hacia la ventana de la habitación.
            Aparta la cortina en un acto reflejo, aunque no estaba corrida. En el lateral del edificio, junto a un pequeño jardín bien cuidado, se congregan el propietario del hostal, la hija y otras tres personas, señalando a la sierra. Sí, hay buenas vistas aquí.
            Termina de subir la persiana y se queda paralizado. La música de discoteca cesa en su cabeza, sus pies se hielan sobre el suelo, y su columna se encorva sola en un intento de contrarrestar la incredulidad del rostro aturdido de Emilio, quien contempla una cresta de llamas sobre la sierra extendiendo sus lenguas asoladoras hacia el valle y hacia la zona de un dolmen y el caserío en ruinas que se cruzaron de camino al hostal.
            —¡Flor! Joder... ¡Flor, mira, tienes que venir a ver esto!
            Mientras exclama estas palabras, Emilio va en busca de su novia al cuarto de aseo, que tiene la puerta entreabierta.
            —Flor, ¿estás sor...? —Emilio empuja la puerta con ímpetu, sin poder acabar la frase.
            Y ese mismo ímpetu le es devuelto con un latigazo eléctrico en las extremidades, hacia la cabeza. Se queda en blanco durante unos segundos, tratando de enfocar bien lo que está viendo, tratando de apagar la música, ahora inoportuna, en su cabeza, tratando también de apagar el televisor para no seguir viendo escenas tan sangrientas como esta.
            La luz de las últimas horas de la tarde se cuela con libertad por la ventana del cuarto de aseo, con su cristal traslúcido roto y sus añicos esparcidos por el suelo y por la ducha; piezas manchadas de sangre para un puzzle imposible de volver a recomponer, tan imposible de recomponer como la muerte.
            Flora, su Flor, le mira, inerte, con el único ojo que le queda. Emilio no puede dejar de fijarse en la pose antinatural de su novia, eso le perturba incluso más que el repugnante espectáculo de muerte. El cuerpo semidesnudo de su novia se halla tendido sobre la taza del váter, con el tronco apoyado contra la mampara entreabierta de la ducha. Pero la cabeza reposa en un ángulo agudo sobre su pecho, ladeada, unida al cuello y a la columna por un mero colgajo sanguinolento de tendones.
            Emilio suplica una respuesta ante el único ojo de la que seguía siendo su novia antes de dormir la siesta. El otro ojo es un vacío burbujeante. Vacío... Al principio, Emilio no siente necesidad de vomitar la comida del mediodía; al principio, ni siquiera necesita respirar; mucho mejor: si le llega menos oxígeno al cerebro, más irreal le parecerá todo esto y podrá seguir convenciéndose de que se trata de una pesadilla por indigestión de salchichas.
            No se trata de una jodida indigestión. Poco a poco, sumergido aún en la parálisis, atiende al resto de la escena en una suerte de análisis forense no profesional. El tórax, el abdomen y las extremidades superiores de Flora presentan numerosas perforaciones y arañazos. Bajo los pies descalzos de la chica hay un manto de hojas de perfil irregular y de un verde muy intenso. Ahora que se fija bien, de la boca (su dulce boca) de Flora sobresale algo. Es incapaz de acercarse. Se dice a sí mismo que es por los cristales, porque va descalzo, pero es una cochina mentira. Aunque no necesita aproximarse para descubrir que lo que asoma por esa boca torcida e inerte es una bellota.
            En lugar de vomitar, que es lo que el estómago y el alma le piden, cae de rodillas, sujeto al picaporte de la puerta como si de un salvavidas se tratase. De la ventana sopla una racha de aire que le trae el sabor intenso de la vegetación impregnado del penetrante y áspero olor a quemado.
            Su mano se aferra sin fuerza al picaporte. Flora es un amasijo de carne mutilada. A su alrededor hay hojas, frutos, perigonios restregados sobre su piel muerta. El misterio de este crimen es absurdo. Crimen suena demasiado suave, su cabeza arrancada pende como una cereza podrida en las ramas del cerezo. La situación en sí es absurda, y afuera algo se quema, hay que darse prisa. Por la mente de Emilio, a ritmo de música machacona, circulan cientos de imágenes posibles, cientos de acciones a cada cual más disparatada. En una de ellas se ve en la cárcel, en la silla eléctrica, aunque aquí no exista la pena de muerte. En otra, en una avalancha creciente de locura, ve un helicóptero de Protección Civil asomando una manguera por la ventana del cuarto de aseo, inundándolo todo de agua tiñéndose de rojo, sumergiendo el cadáver de Flor, haciéndolo desaparecer.
            Emilio emite un gruñido (pretendía ser un grito), se apoya en el picaporte y se impulsa hacia un lado para ponerse en pie a la carrera. No puede, no quiere seguir mirando. Se golpea una rodilla contra el marco de la puerta y a punto está de caer de bruces.
            El sabor salado de sus propias lágrimas es, curiosamente, lo que le hace devolver encima de la cama, mientras intenta recoger sus cosas, no atragantarse con sus vómitos, vestirse y poner en práctica la única acción que sus nervios le conceden: huir, alejarse de las llamas, no mirar, no mirar...

 

            Los faros del todoterreno barren a gran velocidad los pinos que, a modo de hitos, marcan el recorrido algo pedregoso, siguiendo entre dos embalses de riego, en dirección (¡y yo qué coño sé!) a la cumbre opuesta al incendio, en donde numerosas antenas coronan la sierra.
            Por aquí se debe de llegar a algún otro pueblo, piensa Emilio en la oscuridad creciente que le rodea. Cuando llegue, llamaré a la Policía, cuando llegue..., piensa una y otra vez. Sí, eso, primero alejarse del incendio (¡que tú provocaste!), después, ya veremos...
            Cada vez que mira por el retrovisor al fondo de paisaje que está dejando atrás, más ganas le entran de pisar el acelerador. Un falso paisaje de belleza al amanecer. El núcleo del incendio es como el sol asomando por el horizonte, con las siluetas estáticas de los árboles inclinadas, dándole los buenos días mientras el monte bosteza humo.
            Está a punto de perder el control de su vehículo al tomar una curva pronunciada. La vegetación pinchosa araña la carrocería del todoterreno, y Emilio siente de nuevo arcadas. Todavía no está demasiado lejos del cadáver de Flor, aún no se ha alejado lo suficiente del incendio.
            Mientras endereza la trayectoria del todoterreno, los faros barren al pasar la figura retorcida de un alcornoque asomando por entre los arbustos y los pinos.
            —Mira, Flor, al final sí que eran típicos los alcornoques de esta zona —dice con los ojos húmedos y el estómago dolorosamente encogido.
            Una ráfaga de viento agita las ramas de los árboles que le rodean, aunque a Emilio le ha dado la impresión de que solo se agitaban las del alcornoque. De hecho, al tomar la siguiente curva, por el retrovisor ha creído ver cómo el árbol retorcía su rojizo tronco para observarle desaparecer en el cambio de rasante.
            Emilio acelera hasta la imprudencia, rescatando a base de silbidos muy forzados la melodía que necesita para no perderse otra vez en imágenes y pensamientos absurdos. El colgajo de la cabeza de Flora y su único ojo observándole con perplejidad muerta le recuerdan la única acción plausible en este momento, sobre todo si uno es incapaz siquiera de coger el móvil para informar de toda esta locura de una vez. Aunque precisamente porque es una locura no puede informar de ella. Los locos no tienen muchos sitios adonde ir, así que a acelerar. Una mueca parecida a una sonrisa se activa con voluntad propia en su rostro; dentro de poco, la carcajada demencial. Se siente fatal.
            El camino se despeja y se ensancha. Aunque ya casi ha oscurecido, todavía puede ver una puebla a varios kilómetros y una carretera que rodea un monte pelado. Emilio detiene su vehículo a un lado del camino, entre los arbustos, satisfecho de que desde aquí sólo pueda ver el fulgor lejano del incendio. Se lleva las manos a la cara, respira todo lo hondo que puede y atina a encender la radio con pulso tembloroso.
            Música pop. La sintonía que Flora solía poner. Ni hablar, fuera. Emilio busca algo a base de machacar el botón del dial, quizá un refrito de música de discoteca sin interrupciones publicitarias, pero topa con un boletín de noticias:

            ... incendio forestal que se inició a las dos de la tarde, aproximadamente, en la sierra del Buitre, en la porción más verde de una región agostada por el sol y la escasez de lluvias. Los equipos de extinción aún intentan controlar el fuego que ya ha consumido diez hectáreas de la zona que circunda el nacimiento del río Benamor, donde se encuentra el mítico dolmen eneolítico de...

            Emilio apaga con brusquedad la radio y se queda pensativo, vigilado en su cabeza por el único ojo de Flora, y la música de discoteca de fondo, de ruido, entre el crepitar de las llamas sobre las hojas secas.
            Golpea el volante con el puño, perdiendo enseguida las fuerzas y las ganas de seguir haciéndolo. En su agitada mente llena de sonidos y de imágenes macabras trata de reconstruir los hechos que pudieran haber provocado el incendio; hechos, acciones de Flora y él mismo, porque en la lógica salpicada de sangre y horror, la muerte de su novia ha de significar que ellos, y no otros excursionistas, han sido los culpables. El tubo de escape caliente cerca de los arbustos, la colilla que según Flora él había arrojado, la basura del almuerzo con los plásticos expuestos al sol...
            —¡Joder! ¿Y si no fuimos nosotros? ¡¿Y si no fuimos?!
            Negligencias agrícolas, incendios espontáneos... ¿Por qué hemos tenido que ser nosotros?, se pregunta, y la respuesta emerge con una lógica tan arbitraria como implacable: porque Flor ha muerto. Y ante la paradoja, Emilio no puede hacer otra cosa que seguir respirando y desviar la mirada al asiento del copiloto, en donde la ausencia de su novia es torpemente suplida por una mochila y el bolso abierto de la chica. De él extrae la cámara de fotos en un acto de nostalgia sobrecogedora, ahora que es capaz de evocar en su cabeza la imagen de la sonrisa fresca y pícara de Flor.
            En la cámara digital solo están las fotos de lo que llevaban de fin de semana. Queda espacio para más fotos en la memoria, pero Flora no hará ninguna más. Flora le mira (en su mente) con su único ojo, incapaz de recriminar con sus típicas (y suaves) sonrisas burlonas, incapaz de hacer ver que siempre lleva la razón; no puede, porque tiene una bellota en la boca (tampoco podrá ya besarle), porque está muerta y abandonada en el hostal como si fuera restos de comida.
            Emilio pasa una a una, lentamente, las fotos; la número dos les muestra a ellos dos en el impresionante nacimiento del río, la cuatro enseña el culo de Emilio cuando este se agachaba para buscar el almuerzo, la seis presenta unas cuevas, la siete es una toma del paisaje algo torcida, la ocho es otra muestra de paisaje con...
            Emilio se muerde el labio, sin percatarse de que un hilillo de sangre le recorre el labio. Se sacude la mano, torpe, agarrotada, hasta que logra pulsar con precisión el botón de zoom.
            Un alcornoque, otro maldito alcornoque (¿otro, o el mismo?). La foto en cuestión es un plano general de la senda que asciende hasta el vértice geodésico de un pico. A la derecha, en una ladera arbolada, se entrevé el tronco rojizo del alcornoque.
            Más zoom. El alcornoque parece asomado, incluso en movimiento descendente a lo largo de la ladera. Si no fuera porque es una locura (Flor está muerta), Emilio aseguraría que el árbol se acercaba a ellos para vigilarles de cerca.
            Más zoom. Emilio centra la sección ampliada. Aunque puede ser un efecto del pixelado, diría que las hojas lanceoladas del alcornoque se doblan, se aferran a las rocas sueltas como las garras de una fiera acechando.
            Más zoom. La imagen no tiene mucho más que mostrar. El verdor intenso de las hojas, la forma acusadamente puntiaguda de los frutos, el rojo lleno de matices dinámicos del tronco descorchado...
            ... Sangrante.
            (¡Flor está muerta!).
            Emilio balbucea para sí algo ininteligible.
            Enciende las luces de larga distancia. Arranca el motor. La cabeza le da vueltas. El estómago es una bolsa llena de revoltijos con vida propia que intenta salir por alguna parte. La cámara de fotos rebota sobre el acolchado asiento del copiloto, y Emilio mira por el retrovisor en uno de sus actos reflejos. Con la mano toquetea la radio como un infante descoordinado, incapaz de encenderla. Le apetecería música, un compás marcial y estructurado, bailable, y no el caos de voces, imágenes y miedos representados en esa figura entrevista en el espejo.
            Sabe que es un alcornoque. Ya está demasiado oscuro como para distinguir con claridad los colores, pero sabe que es el alcornoque. Su silueta, su pose animada, expresiva, fiera, con huecos pronunciados entre sus ramas, con agrupaciones densas y afiladas de hojas y frutos, con su tronco insinuante. El viento agita sus ramas, solo las de él, y en el silencio hermético del interior del vehículo, tan solo roto por el motor, los gritos de Flora son ahora perfectamente audibles para Emilio. Esa es la única música de la que va a disfrutar mientras intenta alejarse del lugar.
            El ramaje y las piedras del camino arañan, golpean la carrocería; los neumáticos gruñen y las luces desenfocan y enfocan una y otra vez el camino. La estabilidad del todoterreno se pone en duda a cada nuevo tramo abrupto, a cada salida del camino establecido. Emilio no ve nada, es incapaz de seguir una ruta directa hacia la carretera. El vehículo comienza a dar trompicones cuesta abajo, y ya es harto difícil controlarlo, sobre todo si los ojos de su conductor se encuentran más pendientes del conjunto del paisaje nocturno entrevisto en el retrovisor.
            El desfile de vegetación se convierte pronto en una campana de oscuridad frondosa que silencia incluso el motor del vehículo, que resulta menos prepotente ahora que circulando en ciudad.
            Ah, la ciudad... Un refugio para el hombre, que no desea recordar que la naturaleza es cruel, así como él también es cruel con ella.
            Las ruedas del vehículo se enmarañan con los arbustos, el costado y el faro izquierdo delantero sufren el impacto directo contra una roca, y los árboles se encargan de abollar la carrocería y retener al vehículo con el motor humeante. Emilio, sin cinturón de seguridad, es zarandeado, lanzado de costado sobre el asiento del copiloto. El airbag de su propio asiento se dispara oprimiéndole el abdomen, pero dicha opresión no le inquieta lo más mínimo, no cuando una rama acaba de atravesar la ventanilla derecha empalándole el cuello, dejándole en suspenso con el tronco levantado y la mirada fija en uno de los retrovisores.
            Emilio quiere decir algo que no sean gorgoteos. Quiere decirle algo al alcornoque siniestro que alza sus ramas tras el vehículo, que deposita sus flores como babas sobre la carrocería y agita sus bellotas puntiagudas con obscenidad.
            Emilio juraría..., sí, antes de morir aseguraría que el alcornoque abrazaba al vehículo, que abría la portezuela con sus hojas y lo envolvía todo con el hedor de su savia de muerte.

© Javier Vivancos