Bella Vista
Anoche soñé que volvía a Bella Vista, aunque Bella Vista no es un lugar al que uno pueda volver, al menos no físicamente.
Bella Vista es ese nombre inventado para mi ciudad, para mi pueblo, el lugar donde sigo viviendo. Algunos autores utilizan seudónimos; yo, sin embargo, no utilizo un nombre ficticio para mí, sino para mi pueblo, de manera que logre distanciarme de él, de la crudeza de las emociones que me transmite, y así dulcificarlo y manipularlo sin cargo de conciencia.
En mi sueño volvía a él, a ese sitio donde soñé que escribiría. Justo bajo mi balcón, al lado de la gran palmera que cada vez escala más pisos. Bajo un sol omnipresente, abrazaba a la que iba a ser Lucrecia, un personaje de ficción cuyo abrazo parecía demasiado real. Me miraba con globos oculares negros incapaces de aportar gran cosa a su expresión entre melancólica e indiferente; me susurraba algo que trepaba por toda mi columna vertebral, paralizándome, entristeciéndome.
Pero su inexpresividad contenía mucha riqueza, la de toda una vida, y por ende la de toda una historia que había que contar, aunque fuera a mí mismo. Y así lo hice. Encendí el ordenador al poco de despertarme, y me puse a teclear, dispuesto a desafiar a mi presunta inexperiencia literaria, dejando que el lenguaje cinematográfico me indicara que debía empezar por algo importante, algo intermedio que diera pie al pasado y al futuro donde debía desarrollar ese sentimiento que me había provocado el abrazo.
Resultó satisfactorio el primer intento de capítulo, y adictivo crear día a día los siguientes, casi sin descanso, olvidándome de mis carencias, dejando fluir la fantasía, la cursilería, la lascivia, la violencia, la amistad... Jugando, en definitiva, con la rica materia de la que parecen estar dotados los sueños: la imaginación.
Lucrecia ya era real. Antes de mi sueño, incluso durante, no tenía nombre. Ya lo tenía, ella y su mundo, y su espacio: Bella Vista, mi propio pueblo camuflado para que fuese ella y no yo quien lo habitara. Y no sólo tenía nombre, sino que tenía apariencia, voz, pensamientos, vida; una vida a la que yo había de poner fin en algún momento, enterrándola bajo la tierra de la que están hechas las novelas.
Y anoche soñé que volvía a ese sitio, que nunca fue tan distinto de su homólogo real, y recordé la vida que había en Lucrecia, encerrada en esa fértil tierra que tantas irregularidades mostraba.
Por un momento, y sólo por un momento, ella me miró de nuevo cargada de vida, antes de abrazarme, trayéndome de vuelta todas esas sensaciones que en el fondo siempre pertenecieron a la realidad de la que surgió Bella Vista.
FIN
© Javier Vivancos
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