Fragmento de Las matemáticas del caos
Aquí van los dos primeros capítulos de mi nueva novela (aún no editada, pero paciencia, je) titulada Las matemáticas del caos, para quien quiera hacerse una idea del horror que le espera...
FRAGMENTO
1
ANUARIO DE 1982
En 1982, miembros de la banda británica de música Killing Joke se habían sumergido en las ciencias ocultas, particularmente en las obras de Aleister Crowley. Ese año se trasladaron a Islandia para afrontar el apocalipsis que habían predicho como inminente. Durante su estancia allí, la banda tocó junto a varios artistas islandeses. Tras algunos meses sin señal de apocalipsis alguno, la banda regresó a Inglaterra. |
Frente al espejo después de... No, su memoria no le está fallando; fue la semana anterior, aunque le da la impresión de que haya pasado mucho más tiempo.
Ahora no está comprobando la incipiente caída de su cabello. Se ha quitado las gafas de sol y se ha perdido en el reflejo de sus ojos, cargados de una vitalidad demencial que no va en sintonía con la acusada lividez de su rostro.
Sus dedos tabalean sobre la blanquecina superficie del lavabo. Se apoya en él, se acerca más al espejo. Con el vaho nubla su reflejo manchado de dactilares de sangre. Se lava las manos mientras inspecciona con una horrenda mueca su boca, su nueva boca; en realidad, su vieja boca, solo que más amarillenta, ocre, y con un regusto acre que no se va, por mucho que se la enjuague con agua. No va a volver a beber agua del grifo. Ya lo hizo una vez, y bien sabe lo que le ocurrió a la gente, aunque a él... ¿Qué más podría sucederle a él?
Nada, se dice, ya nada...
El hombre anteriormente conocido por el nombre de Jesús Coria se coloca sus gafas de sol con parsimonia. Cierra el grifo con la delicadeza acostumbrada (su madre siempre decía que había que tratar bien las cosas para que durasen), y se ajusta el largo abrigo, ahora con ronchas de humedad allí donde ha intentado borrar las manchas de sangre.
Sale del aseo y se encuentra el salón tal y como lo dejó la semana anterior: el cable alargador de la televisión enrollado, los catálogos de las editoriales de material escolar mal apilados en el revistero, la chaqueta abandonada sobre la silla junto a la puerta de entrada, la caja con viejas cintas de video sobre el puf, al lado de la bandeja con el vaso y la lata de conservas vacíos... De hecho, el único rastro evidente de su reciente estancia lo constituyen esos restos de barro sobre la mesita frente al sofá, donde apenas ha podido dormir entre pesadillas y ruidos. Pesadillas y ruidos que tal vez hayan constituido una misma cosa.
No se escucha ni el murmullo del frigorífico ahora que la mitad de la ciudad está sin electricidad. Abre la ventana rompiendo el silencio del salón, y aún le sorprende lo silencioso que se ha vuelto él también cuando no camina. Ya no le crujen las extremidades, ya no va tropezando con los marcos de las puertas, ya no le rugen las tripas al llegar el mediodía; ahora son sus pesadas botas las que anuncian su presencia, suponiendo que siga habiendo alguien a quien pueda importarle. Sí, tal vez a la fuente de sus pesadillas. Levanta la persiana con los dedos para obtener una perspectiva discreta del cruce de abajo con el callejón, junto a los contenedores a medio llenar, a medio llenar quizá desde la semana anterior, cuando, preocupado, decidió seguir a su madre y a su hermana en mitad de la noche. Ahora..., preocupado por esos ruidos como lumbres a campo abierto en mitad de la noche. No resultarían tan inquietantes si estuviesen acompañados del habitual silbido de los coches al pasar, del canto de los pájaros, de las conversaciones lejanas, de las ramas de los árboles agitándose o del peloteo en las pistas deportivas una calle atrás.
Anoche escuchó un ruido similar. Alguien... o algo incumpliendo los obligados minutos de silencio para una ciudad de luto; alguien o algo caminando, arrastrando sus pies, jadeando, gruñendo... Escenas de una cotidianidad deformada que no deseaba seguir viendo, reflejos de vida grotescos, como el suyo frente al espejo.
Se enrolla la bufanda con sumo cuidado; tapar lo necesario, ajustar bien. En el fondo, hasta se siente como un superhéroe de cine, de cine de terror. Ya no va a esconderse más. Espía desde la ventana y se queda como hipnotizado ante los andares erráticos pero apiñados de tres personajes de corta estatura.
Los enanos del circo, ríe, sin aliento, bajo la bufanda.
Pronto se le hace un nudo en la garganta. Carraspea y se aparta de la ventana. Acaricia su cintura, la culata del revólver. Luego se acerca a la mochila y al maltrecho libro abierto que ha dejado sobre la mesita, junto a los restos de barro. Al guardar el libro, sin querer vuelca un retrato en blanco y negro de su madre con un largo vestido negro. No se ha roto, pero los recuerdos sí lo están. Rotos por el dolor de imágenes que se desvanecen al cruzar el umbral del salón. Cierra la mochila mientras su madre inexistente se despide con una mueca sonriente desde su inexistente mecedora, una mecedora que cruje en su cabeza; ella no hace punto, solo mira, imperturbable, la persiana casi echada, tal vez esperando que la llamen los nietos que nunca tuvo. Su silueta se funde con las sombras de la amplia estancia y sus muebles; también se funde con las sombras que le ofrecen sus propias gafas, su cristal protector, el complemento necesario que justifique el porqué de tanta oscuridad, como si en cualquier momento pudiera quitárselas y ver la realidad de esta ciudad tal como fue no hace tanto, y no esta mala versión de las películas de Tim Burton.
Me he dejado las llaves dentro. Cae en la cuenta, ahora que ya se encuentra en el descansillo con la puerta cerrada a su espalda, pisando el felpudo que debiera haberse llevado todo el barro. Y lo mejor de todo es que no le importa, ¿para qué iba a regresar a casa? Una casa fantasma más en una ciudad fantasma. Podría autoproclamarse exorcista y deambular de calle en calle dando caza a esa burla de seres vivos que huelen a azufre, como él; fétido olor para un infierno de fuegos ya consumidos. Así tendría un objetivo en la no-vida.
Gruñendo, baja las escaleras con sonoro eco. No puede ver las manchas de las paredes, ni se fija; llega hasta los buzones, ve su reflejo al pasar, su abrigo quedándose ligeramente atrás, los extremos de su bufanda bailando, su cabello grasiento acompañando... No queda mucho, ¿verdad? Ojalá que no quede mucho.
Abre la puerta de golpe. El tope se resiente, el metal choca contra el muro, el vestíbulo retumba, y el aire frío se rebela atizándole en el rostro. Descubre, además de que hace frío, que sigue el nudo en la garganta.
Escucha risas demasiado graves como para tratarse de niños (enanos del circo). Con todo, los movimientos sí son infantiles, pero bruscos, obscenos.
Están “jugando” frente a los contenedores con el cuerpo macilento y agujereado de un anciano; debe de ser anciano, por los pliegues de su piel, quién sabe. Ellos también podrían ser ancianos con esas caras arrugadas y torcidas, encogidos, temblorosos; pero no tiemblan por un temor que no se refleja en su mirada, sino por esa curiosidad agresiva que manifiestan, esa prudencia nerviosa.
Él sigue sintiendo algo parecido al miedo; paralizado en el portal, con la mano en el bolsillo. Se empeña en que esto podría ser una escena cotidiana, tal vez un agosto cualquiera al mediodía; solo que, para empezar, es diciembre. Ellos ya se han fijado en él. Su subida al tono agudo denota excitación, pero no tanta como esperaba, así que relaja la otra mano y la aparta de la culata.
Uno todavía está agachado tirando de la ropa del anciano, pinchándole con un hierro en el ojo; desde el portal se puede oír el ruido gelatinoso. Los otros dos muestran unos dientes prominentes y se dan palmadas trinando mientras se acercan a pasos cortos y oscilantes al bordillo. El más delgado, con un surco violáceo recorriéndole la frente hasta la mano con la que deja caer una botella de refresco rota, da un saltito; luego se apoya en el contenedor azul del papel. Su compañero le da un empujón y estallan en risas cascadas.
—Aa... mmigoo —balbucea el más delgado, extendiendo una manita de dedos torcidos.
Sí, amigo, piensa él, encogido, acariciando su bolsillo sin hacer mueca alguna bajo la bufanda. Sus extremidades siguen ancladas al portal; tiembla, pero sabe que podrá moverse con toda agilidad si lo necesita, si lo desea. Trata de ver a través de sus cristales oscuros, de reconocer alguna foto de familia perdida en esos rostros deformes, de recrear escenas que no existen pero que existieron; trata de entender...
El pequeño ser parecido a un niño (¡fue un niño!) le tironea del botón del abrigo mientras el otro da golpecitos en el contenedor tratando de repetir la palabra “amigo”, sin éxito, como si tuviera la lengua adherida al paladar y algodón en la faringe. El del hierro mira a un horizonte que debe de existir por encima del edificio en cuya puerta se halla ese extraño personaje de indumentaria oscura. Se chupa los dedos de algo pringoso y suelta el anciano cadáver, acercándose, dubitativo.
—Amigo —repite él bajo su bufanda oscura.
Un coro de voces chirriantes y movimientos torpes se arremolina alrededor. El “niño” rezagado agita el hierro de forma peligrosa. No acierta a adivinar de qué basurero puede haber sacado esa vara puntiaguda, ni la ve resplandecer bajo la luz de un sol perdido por ahí, bien arriba. ¿Tanto tiempo he dormido?
Creía haberse despertado muchas veces; creía no haber descansado ese cuerpo, ese cuerpo parecido al suyo, más ágil, más fuerte, y más muerto. Su pecho zumba en lugar de latir. Siente un impulso irresistible, y les muestra a los pequeños la esfera verde y amarilla que guardaba, ya sin la anilla de la espoleta de retardo.
—Re-ga-lo —recalca él, dejándola caer sobre un grupo de manitas ávidas de tocar algo tan parecido a una pelota como aquellas con las que solían jugar cuando...
Otra vez se está perdiendo en los reflejos de lo que fue, en esas expresiones tan cercanas a la alegría y a la sorpresa inocente.
Dejando que su abrigo dance al viento, de un salto se encarama al contenedor azul, y de allí se impulsa hasta las marcas del paso de cebra. Corre sin dirigir la mirada atrás, dobla la esquina, y lo que pueda quedar de sus tímpanos zumba cuando se escucha la explosión. Los cristales rotos dejan paso a una vibración suave, absurda, una nueva vuelta al inquietante silencio urbano. Ya no hay risas.
Ya no hay ruidos.
2
ANUARIO DE 1982
París, miércoles 13 de enero
El director de cine Marcel Camus, mundialmente reconocido por su Orfeo negro (1959), fallece a los sesenta y nueve años de edad.
|
Que no se llevaba bien con sus dos compañeras de piso era un hecho.
María caminaba taciturna y con la mirada puesta sobre las puntas afiladas de sus zapatos blancos. Recorría un extremo de la amplísima calle, pegada a la valla de un colegio cuyo patio estaba vacío en este preciso instante de la mañana. Miró su reloj de pulsera, las 10:55. El sol la deslumbraba a ráfagas al pasar junto a los barrotes de la valla, hasta que esta daba comienzo al muro, y el muro decía adiós al colegio. Un tramo de baldosa inclinada, y una nueva calzada de dos carriles separados por una mediana. En el otro extremo estaba el centro asociado de la UNED. Del colegio a la universidad, pensó, sin demasiado ánimo para chistes ni ironías. Sin apenas levantar la cabeza del suelo, cruzó ignorando el semáforo.
Tanta prisa por cruzar... Ni que tuviera clases. No, no las tenía. De hecho, no tenía clases propiamente dichas. María tenía tutorías los jueves y los viernes por la tarde, no los miércoles por la mañana, una mañana de mayo en la que debería estar estudiando; pero no le apetecía estudiar en el piso, lo que habría supuesto acabar deambulando entre cuatro paredes o fregando platos. Tampoco le apetecía andar evitando a Leonor, la que solía faltar a sus clases de la mañana. Por tanto, vagar por el tranquilo edificio de la UNED venía bien si una estaba buscando paz, un eufemismo de apariencia trascendental para la pérdida de tiempo en el aula de informática.
Se decía a sí misma que lo había intentado. Desde que comenzara el curso académico se había esforzado en llevarse bien con ellas; más aún, había intentado que fuesen sus amigas. Desde el principio le parecieron unas pijas repipis, aunque interesantes. Tras romper con su novio, distanciarse de sus anteriores amistades y abandonar el hogar materno, casi cualquier amiga en potencia resultaba interesante.
Interesantes eran sus modelitos, los chicos y chicas que traían a casa, las fiestas de la universidad pública a las que iban, sus discos descargados de Internet y sus anécdotas de clases y compañeros para una universidad que sí tenía apariencia de serlo.
Muy al contrario que esta.
María empujó una de las pesadas puertas. A través del cristal ya podía ver el tranquilo recibidor del edificio con aquella becaria bajita tras el mostrador. Todas las mesas y bancos que se esparcían al fondo, entre las columnas, estaban vacíos. Miró el hueco de los ascensores, pero optó por las escaleras, a mano izquierda. Las subió con energía y se cruzó con el empleado de la librería en la primera planta.
Ya en la segunda, atisbó al fondo la puerta abierta del aula de informática. ¿Una entretenida mañana más navegando en Internet? Al pasar, ya más despacio, observó de reojo a los alumnos desperdigados en la parodia de cafetería: mesas, sillas, una barra no utilizada y varias máquinas de vending.
Se quedó justo bajo una de las lucecitas del techo y contempló un paisaje montañoso más allá de los edificios que se entreveían a través de las ventanas. Un café estaría bien.
Depositó su holgado bolso en una de las sillas. Apartó un vaso vacío y fue a la máquina del café. Dos pulsaciones de botones más tarde, ya tenía un vaso de plástico humeante en el centro de su solitaria mesa. Ni libros para repasar, ni apuntes que no había que tomar, ni viejos conocidos a los que saludar.
Y un miércoles por la mañana, ¿a quién esperaba encontrar?
En momentos posteriores de su vida tendría tiempo de reflexionar sobre una regla de la soledad: cuando estás solo y aburrido, salir y moverte te expone a un incremento sustancial de probabilidades de hallar algo que se salga de la rutina; más aún, alterar uno mismo la rutina, aun tratándose de sutiles variaciones casi igual de aburridas, dispara los porcentajes.
Eso siempre había sido así en su vida, pero era fácil de olvidar cuando una tenía el ceño fruncido por unas compañeras hipócritas, el pecho oprimido por la inminencia de los durísimos exámenes y el ánimo apagado por el cansancio aderezado con el peso de las responsabilidades rutinarias. Hoy, por ejemplo, debería hacer algo de compra, cuando terminase de no hacer nada frente a su café o de vagabundear por webs más bien poco trascendentes.
A veces, cuando las probabilidades juegan a tu favor, no siempre consisten en asistir de observadora no invitada a una escena divertida (y envidiada) entre un grupo de amigos, hallar un cartel anunciando algo interesante a lo que asistir o encontrarse con un chico atractivo. A veces ocurre todo a la vez.
Y eso fue lo que le sucedió a María esa mañana. Soplaba el borde de su humeante vaso cuando aquel chico alto doblaba la esquina que separaba las escaleras del espacio de la cafetería. Levantó la cabeza y lo vio pegar un cartel junto al de los aburridos conciertos y monólogos que se celebraban en uno de los barrios de Cartagena.
Cuando el chico acabó su tarea, barajó apenas el fajo de pequeños carteles que todavía llevaba y dirigió una somera mirada al lugar. Por un momento fugaz, la mirada de María se cruzó con la suya, antes de redirigirla hacia las máquinas de vending. Ese encuentro visual bastó para que María soñara durante fracciones de segundo que alguien se había fijado en ella.
María volvió a su café.
Aquel breve instante también bastó para que Juan se decidiera a poner en práctica lo que le habían enseñado. Había encontrado a una posible, y decidirse a hablar con ella no era como pegar carteles con cinta adhesiva. Había reconocido los indicios con facilidad: persona solitaria, expresión taciturna, actitud ociosa, posible atracción sexual, espacio libre alrededor que permitiera relativa intimidad... Sólo tenía que armarse de valor y venderse bien. Con un poco de suerte ni siquiera habría que vender, quizá incluso llegaran a congeniar.
—Hola, ¿eres de Matemáticas?
¡Qué excusa más patética!, se dijo. Se apoyó en el respaldo de una de las sillas.
—No —dijo la chica, con una leve sonrisa.
—Vaya, es que me suenas. Serán cosas de la UNED...
Ella se quedó mirándolo un segundo. Estaba a punto de bajar la cabeza de nuevo. No puedo permitírmelo ahora, pensó Juan, ya he hecho lo más difícil.
Y era cierto. Agarró con discreción el respaldo de la silla, desplazándola unos centímetros para el primer intento de sentarse. El corazón le latía a un ritmo mayor del deseado. De no tener las herramientas de trabajo y el objetivo bien a punto, se habría despedido con un simple “Bueno, adiós”.
—... Aquí no conocemos ni a la mitad de nuestros compañeros, ¿eh? —prosiguió Juan, forzando una sonrisa.
—Sí —dijo ella—, con esto de que la mitad ni vienen a las tutorías...
La expresión amistosa de la muchacha logró que a él se le relajaran las facciones. Incluso le devolvió una sonrisa sincera. No soportaba soltar discursitos ni gesticular en exceso. A él le iba más lo de andar meditabundo o mantener conversaciones sustanciales con gente sustancial.
—Es una pena —añadió él—. Algunas tutorías están bien para aclarar dudas y eso...
Juan estaba a punto de rascarse un tobillo con la zapatilla deportiva. Quería sentarse de una vez, pero no lograba encauzar la conversación, y cada vez que hablaba le daba la sensación de estar vomitando perogrulladas.
—... Pero a lo mejor tu carrera es diferente, porque tu carrera es...
—Psicología —dijo ella.
—¡Hala, qué bien! —Y Juan se decidió a sentarse, sintiéndose patético; pero daba igual, tenía que atacar ya, y no se trataba de descubrir si se acostaría con él—. Yo quería hacer eso también.
¡Por Dios!
—¿Pero tú estudias Matemáticas aquí?
—Se intenta... Pero dime, ¿cómo va eso de la Psicología?
Ella acercó su vaso y miró por encima del hombro de su inesperado acompañante. Se fijó apenas en el cartel que había pegado. Algo acerca de un curso.
—Pues... —comenzó ella—. A ver, ¿qué es lo que quieres saber?
—Pues qué te parece, cómo son las tutorías, los tutores, las asignaturas... Y qué te parece su utilidad para la sociedad o... para tu vida, por ejemplo.
Me paso de profundo.
Juan alineó bien los carteles que todavía llevaba entre las manos. La chica sonreía, un tanto apabullada por el grado de reflexión exigido; al fin y al cabo, era su primer año aquí.
Ella no acababa de explicarse. Juan la miró con comprensión fingida. Al menos me mira a los ojos. No debo ser brusco, todavía no sé de qué pie cojea esta tía.
—¿En qué curso estás? —dijo él.
—Este es mi primer año.
—¿Te has encontrado ya con algún hueso?
—Más de uno, en realidad.
—Y ¿cómo llevas los exámenes?, ¿los llevas bien preparados? Están al caer, ¿eh? Es un agobio. A mí no hay manera de que me dé tiempo para preparar todas las asignaturas. Esto de la UNED es un contrasentido.
—Sí —rió ella—. Es una puta mierda —luego mutó abruptamente la expresión, temiendo haber parecido vulgar.
Juan relajó los hombros y asintió sacando la lengua con complicidad. Ya vas sabiendo..., se dijo.
—Que la UNED es para los que trabajan... ¡Y una mierda que se coman ellos! —dijo Juan, sonriendo para ocultar su subsiguiente meditación (¿por dónde sigo?).
Ser novato en esto de la captación y salir sin supervisión ni ayuda rivalizaba en dificultad con las asignaturas de la UNED, así que no había otra vía a seguir que la de ir poco a poco, centrándose en cada asignatura como si fuera la única, relegando el resto a una prudente espera y, en su caso, postergación hasta el siguiente curso.
—Es verdad, se pasan un montón —coincidió ella.
—Bueno —arrancó Juan—, yo hablo por las mías. ¿Tú cuántas asignaturas llevas?
—El curso completo.
—Bufff...
—Y tan bufff.
—Chica, estarás agobiada, ¡yo lo estaría!
Juan desvió la mirada un segundo a la máquina de café, dudando. Se lo pensó mejor y devolvió toda su atención a su posible.
—Pues sí... Y lo peor es que no tengo ganas de estudiar.
—Eso me pasó a mí el año pasado. —Hasta él mismo empezaba a creérselo—. Pero este estoy bastante más centrado. Es cuestión de encontrarle el tranquillo y..., supongo, aliviar las tensiones que no nos permiten centrarnos.
Juan se mordió el labio. Escrutó los movimientos de la chica, que asentía sin acabar de decir nada.
—¿Tus tutores son buenos? —dijo él.
Ella dio su último trago al café. Se inclinó sobre su bolso mientras respondía:
—A ver cómo te lo explico... —decía buscando un pañuelo para pasárselo por la boca.
Juan esperó, satisfecho e inquieto a la vez por el hecho de que la chica le pareciese más segura cada vez. Se puso el dorso de la mano sobre la boca y contempló sus rasgos. Tenía unos ojos muy redondos, eran bonitos. No pudo evitar mirarle el prominente escote.
—... Pues tengo tutores que son como espectros.
Juan sonrió.
—... Y tengo tutores que son muy buenos y se esfuerzan, casi como si estuvieran dando una clase presencial.
Juan asintió.
—... Luego están los que leen o comentan embalados el libro. Toca aburrirse, pero si traes dudas de casa y eso, igual te sirven y te las solucionan. Incluso les cambia la cara, porque les sacas de la monotonía —añadió, divertida.
—Los conozco —aseguró Juan.
—Bueno, y tengo un par de ellos que iban para filósofos...
—Filo-so-FEOS —rió Juan.
Obtuvo una risita y una sacudida de torso por parte de la chica, pero no era suficiente. Guárdate tus chistes, imbécil, se dijo. Trató de que su rostro siguiera imperturbable y amistoso; e interesado, sobre todo interesado. Había que estar atento a los indicios.
—El problema es que aprovechan que vamos dos o tres alumnos para soltarnos el rollo sobre sus propias ideologías. Y los libros de texto de algunas asignaturas no son nada esclarecedores. A veces tengo la sensación de que no estoy estudiando nada, salvo suposiciones y más suposiciones. Y luego me meten a Freud por todos sitios, cuando no se cansan de repetir que sus teorías están más que superadas... Yo ya no sé qué pensar acerca de nada... —ella hizo una pausa—. Perdona, te estoy aburriendo.
¡Nada de eso! ¡Ahora es cuando me diviertes!
—¡Qué va! Me encanta que me lo comentes. Yo me metí en Matemáticas porque me entretenía, pero no porque tuviese claro lo que quería hacer con mi vida. Pensé en Psicología, y por eso te estoy preguntando tanto, me interesa, y me interesa lo que me cuentas —recalcó esto último mirándola con mayor profundidad, si cabe.
Ella agachó la cabeza, ahora más tímida, y entrelazó los dedos.
—¿Y por qué te metiste en la UNED? —dijo él.
—Porque no me daba la nota para entrar en Murcia —confesó ella, mostrando una sonrisa que seguía teñida de timidez.
Juan se lamentaría más tarde de su abrupto cambio de tema, pero la impaciencia le comía. De todas maneras, intuía que había simpatizado con la chica, y eso era una buena base para seguir intentando todo aquello que hubiese fallado o quedado a medias en un primer intento.
—Oye, perdona que haga publicidad tan descarada —dijo él—, pero quizá te interese el curso este —le ofreció uno de los carteles. Ella acercó la mano.
—Sí, lo he visto en la pared, pero no me he fijado, ¿qué es?
No parece muy interesada, cuidado.
—Es un curso casi gratuito...
—¿Casi?
—Sí —sonrió él—; luego te explico. Mira, es un poco esotérico, pero está muy bien.
—Conozca la verdad de las cosas —leyó ella, con una mueca de extrañeza.
—Es un título muy raro, ¿verdad? Pero está muy bien. Habla un poco de números, por eso me atrajo —ella lo miró con desilusión aparente; él obvió la mirada y prosiguió—: no son matemáticas, no te preocupes. Habla de Numerología, un poco de historia, técnicas de relajación y meditación, algo de filosofía —rió—, pero tampoco te asustes —pidió, frotándose los brazos—. No es ningún rollo, ni te van a confundir con opiniones subjetivas como tus tutores. Mezclan saberes que vienen desde los griegos y los unifican para buscar las verdades: si debemos creer en Dios, si la violencia está justificada, si somos tan egoístas como parece... En fin, ese tipo de cosas. Para los que nos gustan los números también hay juegos y actividades para hacer predicciones sencillas... Son muy divertidas. ¿Sabías que te calculan hasta tu comida ideal? Sé que es una tontería, pero eso es para los ratos de distensión. Lo demás está muy bien, incluso te enseñan técnicas de concentración que te pueden servir para los estudios y para estar atenta a lo que hay a tu alrededor, para que no se te escape el verdadero significado de las cosas, lo que se repite a tu alrededor sin que le prestes atención...
—Ah... —Fue lo único que logró decir ella.
—Oye, que a mí no me pagan por esto; perdona por el rollo. Te lo digo por si te quieres apuntar. Yo me he apuntado otra vez, porque siempre van variando los temas, además, no hay que pagar nada de entrada, solo al final del curso, dependiendo del número de alumnos y de si hay que hacer fotocopias y esas cosas.
—Pero ¿y quiénes dan ese curso? —ella se fijó en el cartel que tenía entre las manos: figuras geométricas y números sobre un bonito pero artificial bosque lleno de interrogantes a modo de frutos. Leyó algo de “Asociación para el Estudio de...”.
—Gente de la asociación. Gente con mucho tiempo libre, en realidad. Son muy simpáticos, y siempre traen algo para beber. La verdad es que el local es súper cómodo. A lo mejor es mala época, con los exámenes y eso.
—Sí, la verdad es que no tengo...
—Pero no hay por qué preocuparse —atajó él—. Es solo alguna tarde suelta. La verdad es que allí nos relajamos más que otra cosa. Es una reunión entre amigos. Te gustará, en serio. Y yo todavía tengo cosas que preguntarte, y ya sabes que por la UNED es difícil que nos veamos... Bueno, me callo ya, que parece que te estoy dando la brasa por otra cosa...
Ella se sonrojó.
Ella aceptó acompañarle a la primera sesión del curso.
Y, por supuesto, él la informó de todo cuanto necesitaba saber.
© Javier Vivancos
|