Fragmento de Lucrecia se Oscurece
Aprovecho este espacio, que para eso es mío (je), para hablar de mi primer hijito. Como es frecuente en mí, lo creé a partir de un sueño. Debió ser un buen sueño, puesto que ahí fue donde empecé a creerme que era escritor. Mucho antes había escrito material para juegos de rol de poco interés literario (aunque sí lúdico), algún relato mediocre para concursos, y un libro-juego. Pero fue con “Lucrecia” donde me autoconsagré.
Puedo decir que es una novela de fácil lectura y gran ritmo. Para quien busca pasar un buen rato, la recomiendo, aunque esté mal decirlo; de sus defectos podremos hablar otro día, ¿no?
Aquí iré colgando fragmentos bonitos para quien le pique la curiosidad; veánse los ENLACES para más información.
FRAGMENTO
(¿Y ahora qué Lucrecia?, ¿ahora qué? ¿Qué...?)
(¿Y eso importa? ¿Cuánto importa eso ahora? ¿Importa? ¿Lucrecia? im...)
(...rómpeles el cráneo... ¡A TODOS!... ¿Lucrecia?)
(...has confundido a Laura con una puta... Ja Ja Ja Jaaaaaa...)
(Creo que me gustabas... Por eso la tomaba contigo... por favooor...)
¡CALLAD DE UNA VEZ! ¡CALLAD!
Lucrecia trató de concentrarse en lo que estaba haciendo. Había abierto la puerta del hogar del horno y apilado allí dentro algunos trapos viejos y carbón mineral. Ahora un fuego crepitante ardía; visibles sus llamas rojizas a través de la pequeña puerta de metal abierta. Lamentó haber echado los trapos húmedos cuando se dio cuenta del efecto que tuvieron en la calidad de la llama, pero la luz que desprendía era más que suficiente para sus fines.
Había estado muy ocupada durante un período que debió de ocupar casi una hora, pero ninguno de los presentes pudo estimar con precisión el tiempo transcurrido. A José Carlos y a Laura se les hizo muy largo. No mediaron palabra alguna, salvo durante el breve espacio de tiempo en que Lucrecia salió al exterior y volvió tras un rato, con una garrafa llena de combustible. Tampoco se dijeron mucho entonces. Aquella mochila en el suelo dejaba asomar parte de la encuadernación del libro de letras rojas que a Laura se le antojaron brillantes, ardientes. El libro parecía vigilarles a ambos. Se sintieron muy incómodos, tratando en todo momento de mantener la cordura, impidiendo que su imaginación volase de nuevo, que les hiciese ver que ese libro murmuraba algo.
Lucrecia había salido, poco después de haber quebrado el dedo a José Carlos, a mover el ya prácticamente inservible vehículo hasta el pequeño terraplén, donde lo había arrojado para que tardasen algo más en descubrirlo. Había rescatado de él la garrafa que llenó de gasoil. Tras su breve aparición bajo la lluvia, había regresado al sótano, sin detenerse a examinar la planta de arriba. Durante el resto del tiempo se había dedicado, ante la mirada de sus asustados acompañantes, a disponer ordenadamente las cosas de su mochila por el suelo y sobre el mobiliario del sótano. Todas sus velas estaban juntas, apagadas, colocadas cerca de una de las columnas, junto a la mochila y el resto de instrumentos que Lucrecia había descartado como inútiles en ese momento. Se había sentado en un cubo metálico dispuesto boca abajo, aproximadamente en el centro del sótano, desde donde leía su inquietante libro con semblante de concentración.
En esa misma posición permanecía Lucrecia durante largo rato, inclinada, sentada, silenciosa, atenta a las páginas del voluminoso libro, ajena a los movimientos y ruidos que hacían sus prisioneros. Ajena al sonido de las goteras y al sonido de la lluvia allá afuera.
—¡Esto os gustará! —exclamó Lucrecia.
Aquella súbita ruptura del mutismo había sobresaltado a Laura y a J. C. Ambos levantaron la cabeza al mismo tiempo, abriendo bien los ojos, con expresión de susto, apagando todos sus pensamientos, todas sus brillantes ideas de fuga o de lo que fuera a ser su destino a partir de ahora. Se sintieron atrapados (lo estaban), y temerosos en su delirante paranoia de que su captora pudiese estar leyendo sus pensamientos, y de que en cualquier momento les dijera: “No os molestéis. Sé lo que pretendéis, y no os dejaré”.
Lucrecia se levantó del cubo y se paseó con el libro entre las manos, acercándose más a ellos, como si estuviera dando un recital. A ellos les resultó increíble (¿qué no lo era ya?) que pudiese estar leyendo tan cómodamente de espaldas a la fuente de luz.
—Aquí hay algo interesante... Después de todo, podría ser un buen final. ¡Sería EL GRAN FINAL! —exclamó con expresión de placer.
Se paseó muy cerca de ellos, obligándoles a erguirse para que no les rozara con el cuerpo, que desprendía una desagradable mezcla de olores.
—Una sencilla invocación... —continuó explicando—. ¿Os apetece convertiros en una criatura? ¿Os apetece formar parte de mi grimorio? —ofreció sin esperar respuesta.
José Carlos no entendió y se atrevió tímidamente a preguntar:
—¿Qué?
Ella le dedicó una sonrisa glacial y continuó leyendo para sí, paseándose en círculos, rozándose por las columnas como una gata en celo, con sus botas removiendo la arena. La mosca disturbó su concentración, obligándola a agitar la mano para ahuyentarla.
—Entidades sin materia inicial —leyó en voz alta Lucrecia—, brillantes aunque oscuras, sinuosas, cargadas de pura energía, manifestadas en destellos que diríanse descargas eléctricas. Frías formas que ocuparían sus recipientes como delicioso licor en su botella. Formas que darían forma a otras... Y las almas ofrecidas abandonarían los recipientes, expulsadas por las entidades oscuras, atrapadas en una suerte de limbo o en el habitáculo del sacrificio, por los restos de los restos. Carne y hueso serían moldeados, sangre y vísceras..., y formas diversas, bellas a su modo, renacerían desde lo más profundo, desde los poros, desde los tejidos, desde los cúmulos adiposos y las terminaciones nerviosas. La sangre se acumularía, su composición se alteraría abrasando, consumiendo los órganos vitales, extendiendo su fluido, dando forma a jugosas protuberancias, carnosas a su modo... Tanto como la imaginación sea capaz de imaginar... Y el dolor, el dolor será intenso, abrumador, extenso e infinito, pero también lo será el éxtasis, la inmensurable sensación del cambio, célula a célula, fragmento a fragmento. Formas cuyo único fin sería una descarnada ansia por destruir, por corroer, por llevarse consigo y para su lado, para el Lado, todo lo vivo, inclusive a ellas mismas, en una orgía de destrucción que acabaría con sus propias formas calcinadas por el fuego. Sus cenizas al lado, a nuestro Lado, con su preciado cargamento de almas atrapadas para siempre, ofrecidas; sus dones no serán banales...
Lucrecia les dirigió una mirada de fascinación, aunque era evidente que no compartían el sentimiento. Tampoco osaron decir nada, pero se agitaron en sus ataduras. Volvieron a sentirse como apuntados por un arma. Esta vez el cañón introducido directamente en sus bocas gimientes, impotentes. Sus gargantas se estremecieron, temiendo escuchar el fatídico chasquido del gatillo, aquel que pondría fin a sus vidas. ¿Dolería mucho? ¿Sentirían algo después? ¿Cuándo dispararía? ¡Por Dios! ¿Cuándo morirían? Pero sabían, intuían, que no sería tan instantáneo. Su muerte sería algo peor. Y el momento de agonía, el tenso e inútil sufrimiento antes de escuchar el gatillo se prolongaría... Y mucho.
—Es..., es genial... ¡Glorioso! —gorjeó Lucrecia—. Y debe haber más... ¿Qué necesito para completarlo?
Se dirigió sumamente concentrada hacia el cubo, donde volvió a sentarse, pasando hojas, las hojas del final, curioseando con avidez, guiada por un sentimiento que ya le era ajeno, que ya no pertenecía a sus confusos sentimientos de ira y deseo de venganza. Aquello era odio, pero un odio alienante, ajeno a toda cordura o percepción humana. De pronto, Lucrecia se quedó paralizada frente al libro. Un movimiento que no pasó desapercibido a ninguno de sus acompañantes, ni a la mosca, que aprovechó para posarse en su cabeza.
—Otros caminos es posible... —murmuró.
Ésa era la escueta frase que había escrita en la última página del libro, separada por varios espacios en blanco del resto del texto. Así de críptica y ajena al contenido de esa última página, que eran detalles acerca de algún tipo de ritual. La frase se le clavó profunda en la mente, oyéndola repetir suave pero constante, libre de cualquier barrote que pudiese alzar contra ella. No tenía mucho sentido, y ansiaba dejarla de lado, ignorarla y seguir con su emocionante búsqueda, pero no podía. La frase se aferraba a ella, reteniéndola, captando toda su atención, obligándola a ahondar en su significado.
La tinta parecía más clara, algo borrosa, como si llevase más tiempo allí que el resto de palabras. Lucrecia se fijó con más detenimiento en el cuerpo de las letras, sintiéndose coaccionada a ello. Eran diferentes en tamaño. Y la fuente... Era otra. A Lucrecia le evocaba algo que no quería aceptar, algo que había dejado de lado. Al otro lado, pensó. De pronto, el mundo le pareció infantilmente maniqueo. Aquel mensaje impreciso evocaba el “Bien” por antonomasia, como si un ángel censor se hubiera encargado allá arriba de controlar los escritos que el diablo pretendía sacar a la venta desde la librería celestial de Dios. Pero claro, éstos eran los tiempos modernos, y la censura ya había quedado atrás, con el antiguo régimen. Ahora el ángel censor se limitaba a poner su sello al final del libro, una advertencia sobre el contenido del escrito, como esos rótulos de colores que aparecen en pantalla al empezar las películas en televisión, los que te avisan de la edad recomendada para visionarlas. A Lucrecia le entraron ganas de vomitar sólo de pensarlo. Buenos y malos. Luz y oscuridad. Ella era la mala porque estaba corrompida por el libro, que era oscuro, maligno. No había leído el aviso, la frase luminosa, buena, que le avisaba: “Otros caminos es posible”, que supuso querría decir que otros caminos son posibles. Gracias por la lección, señor cura, ahora, ¿puedo seguir leyendo mi relato erótico?
Cuando logró desprenderse de esa idea, pasó las páginas del libro hacia atrás, con impaciencia, buscando de nuevo la invocación y sus detalles.
(...otros...)
¡Calla!
Siguió pasando hojas gruesas, amarillentas, rugosas al tacto, de embriagador perfume, de abundante tinta negra con matices rojizos. Allí estaban... Los detalles de la invocación. La mosca se cruzó por delante de sus ojos, parándose sobre una de sus cejas. Intentó cazarla, pero le costaba demasiado seguir los movimientos. No recordaba que años atrás le costase tanto cazar moscas. Es más, era una de sus aficiones. Se creía con una cierta pericia en ese arte propio del aburrimiento o del neuroticismo más preocupante.
Pero ese bicho no la dejaba en paz. Intentó aplastárselo en la misma cara, aunque sólo logró darse un buen bofetón, lo cual la irritó más. Laura la observó con curiosidad divertida —pero disimulada, por prudencia— hacer aspavientos. Finalmente, la mosca era más libre que ella, bastante más. Lucrecia maldijo en voz alta y trató de ignorar al insecto, fijando su vista en el segundo párrafo de la página 313. Allí había unas referencias, explicaba algo.
(...Si tanto te gusta faltar a tus promesas... ¿Por qué no...)
¡Calla!
(...es posible... Lucrecia... esposibleotroscaminos...)
¡Fuera, joder! ¡Fuera!
(...ella no estuvo... ¿qué sentido tiene...?)
—¡Calla, joder! —exclamó en voz alta.
Aquello no contribuyó a calmar los ánimos de sus cautivos compañeros. A Laura le volvieron a caer gotas de sudor de la frente. Si Lucrecia perdía del todo el juicio, mal asunto. Su única arma en la reserva era la palabra. Si no era capaz de atender a razones, entonces estaba bastante perdida.
A José Carlos, por su parte, aquello le hizo desesperar. Ver a la persona que le había destrozado los dientes, que le había golpeado, que le había humillado y quebrado un dedo; verla así, haciendo aspavientos, hablando sola, perdiendo los nervios, le pareció de lo más estridente. Sin embargo, no pudo carcajear, aunque su desesperación y agonía interna le impulsaban a abandonarse a la histeria. El dolor y el cansancio —y el miedo a perder otro dedo— eran más poderosos. Rió entre dientes, convulsivamente, murmurando lo loca que estaba.
—¡Maldita mosca! —vociferó Lucrecia, levantándose violentamente del cubo, golpeando al aire.
El grimorio cayó al suelo, cerrándose de golpe. Había perdido otra vez la página que estaba leyendo. Chillando de rabia, agarró el cubo y lo lanzó al aire. El aluminio alcanzó el techo, y luego cayó rodando bajo la mesa. La mosca se posó en su cabello, por la zona de la coronilla. La chica se revolvió histérica el pelo con las manos, y luego lanzó dos manotazos al aire, en direcciones opuestas.
Laura empezó a temblar. Se fijó en que su acompañante no paraba de reírse entre dientes. Lucrecia se había dado la vuelta varias veces, y creía que lo habría visto. Temió un arranque de rabia de la chica descargado sobre él, pero éste no se produjo. Lucrecia se debatió inútilmente entre las enrevesadas trayectorias del insecto, hasta que, cansada, se agachó de nuevo ante el libro.
Debo estar volviéndome loca..., pensó Lucrecia. Debo seguir...
(¿No puedes cazar una mosca?)
(¡Ya estás loca! ¿No te habías enterado? ¡Localocalocalocalo...)
Lucrecia rió con desesperación. Pasó frenética las páginas del libro, con rudeza, pero ninguna se rasgó o dobló. Logró llegar de nuevo a la página 313. Leyó en voz alta parte del texto, tiempo atrás incomprensible, pero que ahora podía entender con facilidad. Sus palabras acallaron un poco esos pensamientos no deseados. Se acomodó en el terregoso suelo, arqueando bien la espalda para acompañar con su gesto el intento de concentración. La mosca hizo su particular zumbido cerca de su cabeza, pero no se detuvo. Lucrecia la ignoró. Logró leer varias líneas sin apenas haber captado el mensaje que querían transmitir, pero continuó buscando el significado esencial, lo que necesitaba para llevar a cabo la invocación, y se detuvo frente a unas líneas:
“...múltiples factores deben ser considerados en el arcano arte de
arrancar de su plano al ser que ha de coexistir en el octógono.
Analicemos los elementos que componen el trance, (véase página 262)...”
Lucrecia pasó las hojas hacia atrás, alterada, dándose cuenta demasiado tarde de que había vuelto a perder la señal de la página. Los músculos de la cara se le tensaron en una horrible expresión, pero se consoló recordando que sabía bien el número de la página. No pasa nada... Todo está bien. Leyó detenidamente el contenido de la 262.
—¿Pero esto qué es? —murmuró extrañada.
Nada de lo que allí había tenía sentido, no tanto porque no pudiera leer las palabras, sino porque el contenido para nada correspondía a lo que se suponía debía encontrar.
(¡VETE! ¡VETE! ¡VETE!)
¿A qué viene eso ahora? Diablos, estoy segura de que era esta página...
(...estúpida niña... Estúpida... Lo controlarás...)
Lucrecia pasó otra vez las páginas, respirando agitadamente. Le empezaba a doler la cabeza y la vista se le estaba nublando.
Tal vez sea eso. Veo las cosas de forma muy rara... Quizá sea eso... He confundido los números al leerlos... Sí...
(¿Es que no puedes cazar a una mosca?)
La mosca le zumbó cerca del oído, pero aguantó estoicamente las ganas de abofetearse la cara. Todavía le ardía la frente del manotazo anterior. Con una risilla nerviosa leyó en voz alta el contenido de la línea, al final del segundo párrafo de la página 313:
“Analicemos los elementos que componen el trance, (véase página 226)...”
¡LOS HE LEÍDO MAL! ¡LO SABÍA!
(...si eres tan poderosa...)
(262 226 622 226 6222262626262626666662)
(...¿por qué no puedes cazar a una simple mosca?)
(¡Eh!)
La mosca hizo amago de detenerse en el libro. Lucrecia reaccionó sin templanza alguna, dejando que su impulso de cerrar el libro se antepusiera a la percepción de que la mosca había abandonado las páginas. El libro se cerró de golpe sobre su regazo, levantando algo de tierra del suelo con el impulso.
Las risas de J. C. eran aún más audibles. Una risa contagiosa que provocaba dolores en el estómago a Laura, que sentía la dicotomía del impulso de la risa, y el del pánico más prudente. Al final, no pudo articular sonido alguno.
Lucrecia buscó frenética, con el libro en el suelo, la página 226. Allí sólo había una ilustración.
Se le crisparon los dedos. Diversos gruñidos incomprensibles salieron de su boca. Pasó las hojas reprimiendo el impulso de arrancarlas, con la mosca revoloteándole por su lánguido cabello. Dejó el libro allí abierto por las páginas 312 y 313, en el suelo, observándolo incrédula. Se levantó. Su cara estaba más pálida si ello era posible, agarrando el libro por un extremo, sin perder la señal de la página. La mosca no se movió de su cabeza durante el trayecto.
(...otros caminos...)
(...una simple mosca...)
Extendió el libro frente al ardiente hogar del horno. Se inclinó para visualizarlo mejor, frotándose los ojos aun a sabiendas de que eso no mejoraría en nada su percepción. La línea que había leído, con ésta tres veces, rezaba:
“Analicemos los elementos que componen el trance, (véase página 262)...”
Lucrecia gritó de pura rabia. Golpeó el libro con el puño, el puño del brazo que J. C. hirió con la navaja no hace demasiado. Notó dolor, mucho dolor, pero no paró hasta haber descargado su frustración sobre las páginas unas cinco veces. Trató de llorar y no le surgieron las lágrimas. Su otra mano se dirigió sin ganas a las páginas, pasándolas varias a la vez, hasta llegar a la 262. Nada. El texto no tenía sentido en ese contexto. Trató de recomponerse, ordenando sus pensamientos y ahuyentando aquellos otros que martilleaban los barrotes.
Puede que sea un error. Quien transcribiera en su día el grimorio tal vez cometió un error. Tal vez sea otra página la que hay que buscar. Tal vez la 227...
Lucrecia recorrió el libro hacia atrás, arañando las páginas, respirando por la boca. Examinó la 225... Nada. La 226, la 227, la 228... ¡Nada!
Agitó la mano por encima de la cabeza describiendo un amplio arco, pero no llegó a rozar al insecto. Con su otra mano pasó de nuevo las páginas hacia delante, en busca de la 263 o la 261, pero era muy probable que, si se trataba de un error, el número de página que buscase no fuese consecutivo al 262 o al 226. Lo sabía, pero debía probar.
(¿Qué te hace pensar que el libro lo escribió una persona?)
Ese pensamiento la hizo vacilar un poco. Sin darse cuenta, se pasó de la página 260, y de la 270... Había llegado a la 311. Se quedó mirando la página, el número en la esquina inferior derecha. Por un momento sintió pánico. ¿Y si pasaba la página? ¿Qué se encontraría esta vez?
Sus dedos temblaron cuando sujetaron la esquina de la página, doblándola un poco para poder aferrarla con el pulgar y el índice. ¿Qué te hace pensar que al pasarla vas a encontrar algo diferente? Sabes muy bien que...
(¿Qué te hace pensar que el libro lo escribió una persona?)
Lucrecia se quedó mirando la línea que ya creía conocer, sobrecogida, perdiendo por momentos la noción de lo real y lo imaginario, sintiendo que su mundo se hacía pedazos. Nada tenía sentido si no podía confiar ni en lo, hasta este momento, más sagrado que tenía: su libro.
(A lo mejor, eres tú...)
Leyó una y otra vez el final de la línea, absurdamente, vocalizándola con la boca muerta, llena de saliva:
“... que componen el trance, (véase página 226)...”
Laura y José Carlos la veían allá al fondo, junto al horno en una pose extraña, inmóvil, mirando con fijeza al libro. El chico se había cansado de reír, y ahora miraba sin ganas el fondo luminoso del horno, con una mueca fija en la boca. Ambos están perdiendo la cabeza, pensó Laura. Y yo también me voy a volver loca, si no es que me matan antes. Miró su pecho, su suéter. Una prenda que su pareja le había regalado un mes atrás. Tenía manchas de barro y trozos de plantas con las que se habían rozado de camino a la edificación. Se acordó de lo mucho que quería vivir. Probablemente, ése era el deseo que Lucrecia tenía poco antes de que su novio muriese, según ella y según José Carlos, por culpa de Orenes. El miedo y la pena se fundieron en una extraña mezcla, dejando de lado la rabia y el odio. Todos esos sentimientos ya rezumaban bastante malolientes en el cuerpo de Lucrecia, y no le iba muy bien. Eso era evidente. Ella había contribuido al depósito de odio y resentimiento que la muchacha había almacenado, e intuía que hubo un momento crítico en el que esos sentimientos se apoderaron de ella, tomaron el control, quizá ayudados por ese libro con el que parecía pelearse ahora.
—Fue cuando intentaron violarte, ¿verdad? —dijo Laura con la voz más serena y audible que pudo sacar de su garganta—. Poco después cambiaste. Todos nos dimos cuenta.
Lucrecia se volvió, entre furiosa y aturdida, a mirarla, sin levantarse del suelo. La mosca se le cruzó entre los dos ojos, escapando luego al torpe movimiento de la mano de Lucrecia.
—Ese libro es el culpable, ¿no? Tiene que serlo. No hay más que mirarlo... No hace falta ser muy lista. Aquello te cambió, ¿no es cierto? Querías evitar que volviese a pasar, que volviésemos a reírnos de ti —tuvo que desviar en un par de ocasiones los ojos de aquella mirada furibunda y oscura, cuando se hacía insoportable de mirar.
—Y fue por mi culpa —continuó—. Yo atraje hasta ti a Orenes y a este imbécil...
Lucrecia se levantó con lentitud, pisando el libro en un gesto descuidado inconcebible en otras circunstancias. Sus ojos ahora brillantes permanecían clavados en Laura, indescifrables, pero siempre amenazantes. Comenzó a avanzar hacia las tuberías.
—No puedo cambiarlo... —prosiguió Laura, notando cómo le temblaban las piernas—. Y no hay forma de pedirte perdón, o de que me perdones. Pero sí puedo avisarte de lo que te está haciendo esa cosa. ¡Ya no eres tú!
Lucrecia se acercó más y más. Ya casi estaba junto a ellos. J. C. gimió encogiéndose a un lado, tratando inútilmente de apartarse de ella. A Laura le seguían temblando las piernas y también la voz, pero continuó hablando:
—¡Ni siquiera eres la persona que nos atemorizaba con sus sonrisas cargadas de seguridad! Entonces todavía quedaba algo de ti. Dabas miedo, pero eras tú...
Lucrecia se había detenido junto a ella, con los puños cerrados bajo las caderas, mirándola con los labios apretados y las cejas fruncidas. A Laura se le quebró la voz y le empezaron a brotar las lágrimas, pero siguió:
—... ¡Todavía eras la persona que odiaba y amaba a un tiempo! Pero ¿ahora qué eres? ¿Quién habla cuando abres la boca? ¿Ese libro? ¿El diablo? ¿Qui...
El feroz movimiento de Lucrecia calló a Laura. El puño se estrelló con violencia sobre las tuberías, desde arriba hasta abajo entre los dos prisioneros, con un ruido ensordecedor que silenció los gritos de pánico de Laura. De las cuatro que había, la segunda, en la que J. C. permanecía atado, se partió por la mitad. La de abajo se abolló en una forma irregular.
Laura se echó a un lado, llorando y gimiendo. Había estado apunto de orinarse encima, pero conservaba el suficiente temple y fuerza como para aguantar, aunque anímicamente estuviese destrozada. José Carlos tironeaba desquiciado, todavía enganchado en uno de los extremos de la tubería, intentando desencajar la junta de esa parte, de la que pendía el trozo de tubo partido.
—¡CALLA! —gritó Lucrecia un segundo después, a destiempo de su gesto—. Por favor... —añadió en un inesperado tono apagado, suplicante.
—... Por favor...
© Javier Vivancos
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